Los Extraños de Vicente Valero

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“Los Extraños” de Vicente Valero

Una pieza narrativa, a caballo entre la novela y el retrato familiar, única: emocionante, lúcida, llena de melancolía y a la vez de humor. Un libro que interesará a lectores de todas las edades, a los lectores amantes de la historia del siglo XX en España y sus vicisitudes, y a aquellos lectores que gustan de las historias familiares.

Crónicas de militares africanistas, comandantes de la Segunda República, ajedrecistas profesionales y bailarines. Y como telón de fondo el África colonial, la guerra civil española, el exilio en Francia, la Ibiza de los años setenta. Sin duda, uno de los más importantes debuts en la narrativa española de los últimos años.

 

DANZAS Y OLVIDOS DEL ARTISTA CERVERA

(FRAGMENTO)

Sé que hubo un artista, un hombre más bien pequeño, ágil y guapo, que bailaba, un hombre alegre, amanerado, de grandes ojos y manos muy blancas. Un artista del espectáculo, sí, de quien seguramente sólo yo me acuerdo, y no porque llegara a conocerlo bien o porque pueda decir que me gusten los bailes -aquellos bailes que él bailaba: el tango, sobre todo, pero también aquellos otros que animaban las noches de los cabarets de Barcelona, París o Buenos Aires-, sino porque, desde hace unos pocos años, vivo en una casa que fue suya, en una de cuyas habitaciones, la más alta, que había sido también su preferida, pues desde ella puede verse el puerto con sus barcos en reposo, me encuentro ahora escribiendo estas pocas páginas. Carlos Cervera era su nombre y fue el extraño perpetuo, pues nadie en la familia pudo nunca comprender su vocación artística, ni antes ni después de su larga y muy viajera carrera, mucho menos aún durante, cuando sólo en un par de ocasiones -en un par de entierros- se dejó ver por la isla, de la que había escapado a los dieciséis años y a la que regresó, esta vez con la intención, finalmente frustrada, de quedarse para siempre, ya cumplidos los sesenta y tres, viejo y vencido, aunque con la cabeza muy alta, como, según parece, le gustaba decir mientras se atusaba su anticuado bigote y se adornaba bien para salir a pasear por el barrio de la Marina, donde había nacido, con alguno de sus fulares floreados. No lo recuerdo, pero sé que él me conoció y me habló y hasta jugó conmigo alguna vez, es decir, que yo era un niño de dos o tres años en la época en que llegó hasta nosotros, cuando por fin decidió volver y tomar posesión de esta casa, que era suya por herencia, aunque en ella continuó viviendo también mi abuela Nieves, su hermana, como había venido haciendo desde al menos treinta años atrás, primero con su hija, es decir, mi madre, y en los últimos tiempos, después de que ésta se casara, ya sola. De este regreso, sin embargo, sé sobre todo que fue inesperado y que para mi abuela significó un disgusto tan grande que hubo que ingresarla tres o cuatro días en el hospital, donde fue tratada de una de sus frecuentes y severas arritmias. También se me dijo siempre que el principal motivo del retorno de mi tío abuelo tuvo que ver con el agravamiento de la enfermedad pulmonar que arrastraba desde hacía tiempo y con su deseo de no pasar en soledad los que él creía que iban a ser los últimos años de su vida, aunque para ello tuviera que hacerlo con una hermana a la que apenas había tratado, por más que siempre la hubiera tenido en sus pensamientos y le hubiera enviado decenas de postales desde los más remotos lugares del mundo. Creía que la amaba porque durante su infancia la había amado y se había sentido amado por ella, y porque era a la única persona de la familia a la que había recordado siempre con cariño cuando se encontraba muy lejos de España y pasaba frío o hambre o tenía ganas de morirse. Por los mismos motivos consideraba que ella también continuaría amándolo, con la misma devoción profesada cuando sólo era una niña. Y sí, yo mismo conservo ahora algunas de aquellas postales que le enviaba, en blanco y negro, también coloreadas, desde Buenos Aires o Tokio, Nueva York o Viena, en las que figura siempre, para empezar, un “Nieves querida”, y en las que el artista da cuenta, después, con una letra muy particular, grande, de alguna actuación exitosa en el teatro o casino de esta o de aquella otra ciudad. En ellas dice siempre, invariablemente, que está muy contento, que el público aplaude mucho y que esto último es lo que realmente importa. Mi abuela no contestaba nunca ni su hermano esperaba que lo hiciera: lo que sí esperaba era que también sus padres leyeran la postal, que supieran que su hijo era feliz lejos de ellos y lejos de aquel mundo en el que había crecido y en el que, desde muy temprano, le habían hecho comprender que no había un lugar para un extraño tan extraño como él.

Vicente Valero libroVicente Valero nació en la isla de Ibiza en 1963. Es uno de los principales poetas de su generación y autor de seis libros de poemas: Jardín de la noche (1987), Herencia y fábula (1989), Teoría solar (1992), Vigilia en Cabo Sur (1999), Libro de los trazados (2005) y Días del bosque (2008). Por este último recibió el Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe 2007. Como prosista ha publicado el ensayo biográfico Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza, 1932-1933 (2001), que ha sido traducido al francés y al alemán, así como Viajeros contemporáneos (2004) y Diario de un acercamiento (2008), libros en los que confluyen la poética del viaje, la memoria personal y la reflexión artística. Se ha ocupado de la edición del libro de Juan Ramón Jiménez La estación total con las canciones de la nueva luz (1994) y de la correspondencia ibicenca de Walter Benjamin, Cartas de la época de Ibiza (2008).

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