Mundos Raros

Metaforología Gaceta Literaria presenta una colección de cuentos de Mundos Raros; antología personal que la narradora ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe se encuentra fraguando desde lo extraño, lo fantástico y el miedo. Ofrecemos a nuestros lectores la primicia y el umbral a estas orbes asombrosas que la autora ha imaginado en veinte años de oficio creativo.

 

 

“La literatura es el puente entre el lector y el escritor, entre lo que está adentro y lo que está afuera. La escritura es mi manera de ordenar y entender el mundo. Es también una forma de atrapar fantasmas”. ~ Solange Rodríguez Pappe

 

MUNDOS RAROS

DE TINTA SANGRE (2000)

Editorial Gato Tuerto

 

 

 

Parábola

Con su inofensivo dedo índice había señalado las primeras tierras, mientras le anunciaba:

-Al otro lado te espera.

Ella, amarga, miró los ojos de esa niña. Se le antojaron furiosos, casi animales, pero atribuyó esa impresión al intenso resplandor. Lo que acababa de decirle ayudó a que comprendiera tantas cosas.

Arrojando hacia atrás el bolso y las maletas, se frotó los brazos y la siguió.

Lo primero que lamentó perder fueron los zapatos. Uno se quedó irremediablemente enterrado en un banco de arena y ella decidió dejar el otro en el mismo lugar para que no se sintiera solo.

El clima del trópico se fue encargando de lo demás: el sol la dejó sin vestido; el viento, sin cabellos y el silencio de la niña, sin palabras. A cambio de eso sostuvo en alto la esperanza de encontrarlo, como un banderín descolorido y con esa confianza ella se arropaba por la noche, cuando parte de la piel se le perdía.

Caminó demasiado, caminó hasta el desierto no le dejó nada más a guardar que su propia sangre. Caminó hasta memorizar cada punto de la espalda de la niña, esa pequeña sombra que estaba siempre tres pasos adelante.

Justo antes de pensar en abandonar la historia, cuando no le quedaba carne y los pasos se le tornaron estertores, la niña detuvo su trotecito rápido y miró con intensidad hacia un punto. Muy próximo, como insertado en ese paisaje imposible, estaba él. Ella quiso, entonces, expresar su euforia, pero se percató de que tenía la voz coagulada en la garganta y que bajo esa garganta, se estaba desplomando un cuerpo seco.

Ella engarrotó las manos, agitó los labios.

Él no la reconoció. Más bien se acercó con la curiosidad de quien observa los detalles de un esqueleto, a plena luz y la contempló morir sin emoción.

Entonces, reparó en la niña de ojos furiosos que estaba tirando de su mano.

-Ven-, le dijo, apuntando hacia el interior del desierto-. Al otro lado, ella te espera.

 

Alina nocturna

Si tienes humor Alina, tienes memoria. ¿Recuerdas nuestras excursiones? ¿Recuerdas cómo cuando te tocaba el turno de conducir hasta la playa hacíamos lo humano y lo inhumano para desconcentrarte? Sabíamos que era peligroso porque la carretera al balneario se cubre de un sedimento especialmente resbaloso en invierno, una película oleosa y fina como la cera de estas baldosas, que lo volvía todo veloz. ¿Nunca te diste cuenta de que cuando cambiabas de lugar y tomabas el volante, los tres ocupantes del auto hacíamos silencio? Nos gustaba el sonido del viento al chocar contra tu cabello. Entonces tú conducías como conduces justo ahora, hecha una sola risa, pero con las manos crispadas; Alina, no has cambiado nada, sigues igual de feliz y de torpe, incluso pareces esmerarte en maniobrar por este corredor para que note lo frágil de mis vértebras al comprimirse. Tú sabes, mi espalda no es la misma desde el vuelo ese de seis metros, pero con tres dientes menos y todo sigo como tú, conservando el humor y la memoria.

Tengo para ti más historias, en lugares como este te escuchan a montones, es el entretenimiento de los pacientes cuando no pueden dormir. Por ejemplo, quisiera comentarte sobre la leyenda de una chiquilla demacrada que ambula en las madrugadas por los pasillos y luego desaparece; hablarte sobre las cruces blancas a los lados del camino que va a Palmira; sobre los vehículos fantasmas, sobre todo aquello que te hacía reír nerviosamente en noche de luna como esta, pero desde aquel incidente que tú y yo sabemos, creo que la vida misma supera cualquier reseña macabra. La nuestra es una de esas anécdotas que se deben contar al final de las fiestas para sacudir los ánimos cansados.

Y es que Alina, ¡Creímos que iba a parecerte tan gracioso!, la culpa la tiene ese particular sentimiento tuyo del humor que te hace reír escandalosamente por todo; podría jurar que hasta parecías divertirte buscando los libros que escondíamos la mañana antes del examen; ibas reuniendo con paciencia las partes desgarradas en todos los basureros del colegio mientras reías y reías como si pudieras ver la broma que te hacíamos desde fuera  y supieras cómo ocultar la incertidumbre y la furia por medio de la risa, una risa trágica pero risa al fin, que nos dejaba a los tres satisfechos y ganas de planificar la siguiente broma. ¡Con cuidado, Alina! Está oscuro y aún no me has dicho a dónde vamos. ¿Por qué has entrado con sigilo? ¿Por qué conduces así mi silla, con tanta rapidez? ¿Qué hay al final de ese pasillo? ¿Tienes otra broma reservada para mí? No, no me apetece. Quizá me he vuelto más agrio, después de todo.

Fue imposible resistir el impulso cuando la vimos a ella, totalmente desamparada en el salón de anatomía, se nos ocurrió sacarle de allí para que la conozcas. Lo hicimos en la noche y saltando los muros del colegio como en las películas, pesaba tanto que estuvimos a punto de desistir, pero el solo imaginarnos tu cara con la boca estirada en un grito de asco, nos daba tanta risa que creímos por unanimidad que valía la pena continuar, pese a la amenaza de expulsión que oscilaba sobre nuestras tres cabezas, desde hace ya algún tiempo.

Yo conseguí un sombrero (su cabello estaba estropeado y empezaba a deshacerse por el formol), Andrés logró robar ropa de su madre y Leo ideó la historia, la haríamos pasar como una tía anciana que estaba tomando la siesta en un sillón de su sala. Te íbamos a dejar sola con ella y a observarte todo el tiempo, a esperar que te impacientaras y tuvieras que despertar a la tía para saber dónde estaba el baño, la cocina, la salida; y la tocaras y sintieras viscosa su piel, le quitaras el sombrero y la contemplaras como nosotros íbamos a contemplarte, descompuesta y amoratada. Entonces reirías, histéricamente hasta los gritos y nos llamarías hasta quedarte ronca, hasta enloquecer un poco de tanto miedo y tanta risa.

Algo verdaderamente risible pasó, no lo otro.  No ese algo que nosotros esperábamos que pasara, sino un algo que quizás, contado con un par de copas encima, sí resulta hilarante. No es cómico ahora porque estoy extremadamente lúcido, porque tus pasos empiezan a cobrar velocidad junto con las ruedas de mi silla. ¿No íbamos a dar un paseo? Más allá de este corredor no hay nada, te lo digo yo me sé de memoria el hospital, solo hay paredes y escaleras. Tienes un humor extraño, Alina, humor negro.

¿Sigues molesta con nosotros? Debería ser al revés ¿Por qué te dormiste así, Alina? ¿Por qué se te ocurrió tomar una siesta justo al lado del cadáver? ¿Tan pesado había sido tu día de colegio que te desplomaste sin siquiera importante junto a quién ibas a dormir? ¿Te pasa a menudo? Ni siquiera preguntaste por qué te habíamos llamado, por qué en cuanto llegaste desaparecimos, solo te dejaste caer y allí estaban, tú y ella muy juntas, casi rozando sus cabezas, con las bocas entreabiertas mientras la sala se llenaba de un gutural sonido que tenía algo de canto. Leo dijo que eran ronquidos, pero nadie ronca así, y luego vino la broma. Como imaginábamos que tu sueño tenía para largo, cerramos la puerta unos minutos. Andrés sugirió salir de la casa y abandonarte a tu desmayada suerte. Algún día despertarías, algún día descubrirías el cadáver y te ahogarías en risas y en gritos. Claro que sentiríamos no escucharte, pero en el fondo teníamos miedo, un miedo irascible empezaba a adueñarse de nosotros, aunque ninguno de los tres iba a aceptarlo.

La espera algo de nuevo trajo. Al abrir la puerta otra vez para iniciar la fuga, ella se incorporó, tú terminaste de desplomarte contra su hombro y luego ella, con la parsimonia de una celebridad a la cual se la ha esperado largo tiempo, se colocó de pie y miró a través de la puerta entreabierta, hacia nuestra dirección. Andrés que todo el tiempo había estado apoyado en mi espalda, cayó estrepitosamente al suelo. Ella lo encontró muy gracioso.

Ahora puedes reírte con ganas, Alina; ser la hacedora de una broma como esta, que terminó por alcanzarnos a todos, es admirable. Ojalá pudiera contemplarme como tú te vez siempre en estos casos, elevarme del cuerpo hasta encontrar divertido mi rostro de mandíbulas apretadas, adivinar lo delicioso de la incertidumbre; porque no debe haber sensación superable a contemplar cómo uno de tus amigos cae muerto de un síncope, el otro se vuelve un loco babeante y yo, consternado como estaba, tuve que escapar de ese cuadro macabro de alguna forma. ¿Lo supiste desde el principio, ¿verdad? ¿Estabas esperando que la puerta se cerrara para cambiarte las ropas por las de ella? ¿Querías hacernos tragar de golpe los sustos? Malvada Alina, te quedó tan bien ese vestido, tan bien ese sombrero, tan bien la palidez. Justo antes de volar sin alas por esa ventana reconocí tu risa, tu risa de ave enloquecida que fue el impulso final para saltar, porque tu risa me empujó; no el cuadro desbaratado que formaban Leo y Andrés con los ojos quebrados, fue tu risa inflamada la que me arrastró hacia abajo.

Ahora estamos aquí. Conduces como si esta silla no me llevara a mí, sino solo a una porción mis huesos. La luz nocturna cabriola sobre los mosaicos y el abismo dentado de las escaleras se extiende como un sueño tortuoso. Si tienes humor, Alina, tienes memoria. ¿En estos meses has pensado para mí algo verdaderamente especial? Se me ocurre eso, pero no digo nada, ni siquiera me atrevo a mirar hacia atrás porque me parece que hace rato la silla hace equilibrio en los escalones y si me inclino un poco podré ver gradas que atraen como peñascos. Debajo, la tierra se divide en abismos y yo, aunque aprecié siempre las buenas bromas, ni siquiera sonrió, solo te escucho atragantarte con tantas carcajadas.

 

 

DE DRACOFILIA (2005)

Kelonio Editores

 

 

Conversación de los amantes # 1

– ¡Cuídate! – le dice él antes de soltarle la mano y entregarla a la ciudad abierta. Ella húmeda, libélula en la garganta. Azul aún por tanto mirarse en los espejos de la habitación clandestina; con el agua brillando, todavía, sobre la carne compartida, lo mira; aleteando con los ojos.

– ¿De qué? – Va ansiosa por estrenar las calles, la energía del amor en la vida verdadera.

– De todo: de la mala educación, de la cerradura que no abre, de las miradas furiosas, de las especulaciones, del calor, del tiempo, de la falta de esperanza…de todo, cuídate de todo.

– Cuídate de todo – repite también ella, distraída, mientras sale corriendo directo hacia la muerte, sin poder esperar, sin entender por qué la imaginación de los amantes, siempre tiende a lo triste.

 

Puente palabra

Desde los primeros meses de edad el niño tiene desvaríos. Sueña que una reptil enorme entra volando por la ventana y se lo lleva en el hocico hasta un sitio árido donde quejidos de bestias se elevan desde la superficie. Seres sin forma lo miran con sus orificios tristes y fieros, se alzan sobre sus apéndices, sobre sus bocas e intentan devorarlo mientras el dragón planea a ras de tierra. La atmósfera es fétida y nebulosa. Cada noche el niño tiene el mismo sueño y despierta erizado y balbuceante, le cuesta mucho regresar a la normalidad. La madre se preocupa y decide tranquilizarlo antes de dormir:

-Toma mis palabras, mi niño, toma mis palabras como si fueran un cordón de lana –Dice, mientras le sostiene, con las manos, la cabeza-. Si el demonio con alas viene a buscarte y te lleva, síguelas para encontrar el camino a esta tierra.

Hace muchos años que el niño tiene las mismas visiones, solo que ya se ha acostumbrado. Cuando llega al lugar que él mismo ha bautizado como Cthulhu, los monstruos se alegran y le dan la bienvenida entre chapoteos y chicotazos. La bestia lo deja caer, a petición suya, sobre la masa que ruge y el encuentro entre la víctima y la pesadilla se celebra con lametones, abrazos y golpeteos viscosos.

El niño sabe de memoria el nombre de los monstruos: Azamel, Alimantor, Gabael, Rabanás y ellos también conocen el nombre secreto del niño, en su lenguaje. Mientras se frotan con ternura, el futuro escritor repite para tranquilizarlos:

-Tomen, mis palabras, amigos, tomen mis palabras como si fueran un cordón de lana. Con ellas pronto vendré a buscarlos y encontrarán, el puente, el tan ansiado camino a mi tierra.

 

Las cansadas

(Fragmento tomado de la novela Las tierras arrasadas)

Las cansadas son duendes femeninos que tienen los cabellos espesos y los pies al revés, de modo tal que cuando uno cree que van, más bien regresan; avanzan en círculos y nunca vuelven sobre sus pasos. Es arduo seguirles el rastro porque son viejas y astutas. Han decidido ir por el mundo haciendo tareas de mujeres y se venden por monedas, por comida o por ovillos de lana. La llegada de las cansadas a un pueblo es agradecida al dios con festividades. Ellas acampan a las afueras y no celebran, son abstraídas y lunáticas, emplean el tiempo de preparación para los servicios trenzando su pelo, cantando con voces abrazadas o lavándose con agua sagrada del estanque de la reina Lulípara, que dicen, es el secreto de su tristeza. Una familia puede alquilar a una cansada por no más allá de cuatro ciclos y puede devolverla si es que no ha sido de su agrado, siempre y cuando retorne con regalos valiosos para la comunidad. La cansada puede servir para entretenimiento, trabajo o placer.

Las mujeres las toman, muchas veces, para librarse de la tarea del lecho o del cuidado de los niños. Los hombres las alquilan, en cambio, para verlas bailar. El baile de las cansadas es integral, no hay parte de su cuerpo que no se mueva o brinque con buen ritmo, se trata de un agitarse caliente, seductor y suicida. Muchas han muerto después de la danza, pero es tanto el ardor que han despertado que hay quienes las han tomado luego, pese a no tener vida en el cuerpo. Ellas convocan en los humanos una mezcla de conmiseración y de crueldad tan inexplicables que las han vuelto carne de caza y material de leyenda.    Su danza es igual de famosa como su paciencia. La nación aguarda hasta que la última termine las labores convenidas, hace un recuento de sus caudales y entonces parte. Nunca en línea recta y nunca de forma predecible. Se ha sabido de casos en los que han caminado en una noche entera la increíble distancia que va de Pangía a La región de los lagos, y otros casos en los que apenas si llegaron al kilómetro.

De cada cien partos, nace una cansada y entonces los padres, resignados ante los planes del dios, la abandonan en el descampado con el bien más preciado de la casa, porque saben que desde ya deben ir recompensando a la futura colonia los esfuerzos de educación y crianza del nuevo miembro.

La criatura recién nacida es siempre azulina, robusta y, aunque berrea con fuerza, no le late el corazón, más bien son sus pies los que se agitan arañando el viento, ansiosos por iniciar la peregrinación.

 

 

DE EL LUGAR DE LAS APARICIONES (2007)

Publicaciones Edino

 

 

Las mujeres cambian

—Las mujeres cambian—, dice mi padre. A pesar de que estamos en la mesa, no tiene otro tema de conversación y se agarra la cabeza con las manos—. Cambió tu madre, cambió tu hermana y también cambiarás tú.

Yo he escuchado esa afirmación ya montones de veces y también me la han explicado en la escuela, aunque en un tono menos trágico. Me dicen que cuando tenga más edad me saldrá vello, me crecerá el cuerpo y empezará la sangre. Me han dicho que pasará una vez al mes y que debo ser prudente para que nadie se dé cuenta. Exactamente lo mismo que hace mi mamá, porque es verdad: las mujeres cambian. Mi hermana cambió, pero de otra manera; a ella a los catorce le salió una barriga enorme y luego se fue de casa. Lo mismo le pasó a una prima, pero ella dice que las mujeres cambian por culpa de los hombres, porque son ellos los que le hacen salir esa cosa en el estómago. Yo creo que ha de ser por el aire que se dan en medio de tantos besos (cuando mi papá no está en casa yo veo por televisión cómo las parejas se besan y se quedan prendidas por la boca minutos y minutos).

Cierto, las mujeres cambian. Una profesora también cambió: después de los cuarenta se puso roja, usaba un abanico y por todo gritaba hasta que la despidieron. La madrastra de una amiga engordó treinta libras y a mi abuela —antes de morir encorvada—, parecía sobrarle piel. Las mujeres cambian, inevitablemente, yo cambiaré también.

En noches como ésta, cuando hay luna, mi padre se va a dormir temprano dando un portazo y me deja a mí, sola, sentada en la mesa del comedor frente al plato de sopa que después vierto, intacto, en el lavadero. Entonces, aunque lo tengo prohibido, voy despacito hasta la caseta que está en el jardín y espío por los agujeros. Veo a mi madre transformada en lobo olisquear el aire reconociéndome entre ronroneos. Tironea de las cadenas, escupe saliva roja y el lomo se le arquea. Falta un día más para que vuelva a ser la de siempre y la extraño; quisiera decírselo, pero sólo me salen de la garganta unos quebrantados aullidos que sé que ella escucha, que no sé lo que signifiquen en su idioma de fiera.

 

Instantánea borrosa de mujer con luna

A veces vine un tipo. No es un tipo especial y lo sabes. No es un tipo para quedarse a vivir: se sienta a tu lado y te habla. Tú toleras las volutas del humo que exhala su boca vacía y el clima artificialmente íntimo porque estar en la calle es peor, crea más desasosiego. Siempre llegan atraídos tipos tan simples, tan desabridos y ahora éste que te pregunta algo tras el muro tembloroso de la música y tú le cuentas la verdad que dice siempre: “Estoy sola”.

Ves armarse el ritual y lo sobrellevas con paciencia: la generosidad, el frotamiento de miradas, la aproximación de las rodillas. Cuando ya no hay más luces encendidas salen a caminar y en la madrugada está la luna enseñando sus dos puntas blancas. Te pregunta, lo esquivas, te inquiere otra vez. Le revelas que no estás buscando un compañero, que tu aislamiento se alimenta a sí mismo, que quizá si alguien deseara probar, experimentar de verdad, accederías. Y él se ofrece como todos. Y tú, romántica, le crees y lo muerdes ávidamente en la nuez con toda la ternura de la que eres capaz, como una virgen.

Y él huye gritando hacia la luz de una farola, confirmando tu soledad de monstruo.  Invariablemente, en noches como esa, en las que viene un tipo, te provoca ser cualquier cosa: un lobo, una tarántula, una serpiente. Todo. Cualquier cosa…menos la sombra hambrienta de una mujer.

 

Norma mira las estrellas

Norma Jean se siente abandonada. Por hacer algo, acepta las invitaciones de los chicos bronceados que la llevan a dar un largo paseo en automóvil.  Ella quiere escuchar los cuentos que no oyó en su infancia; los muchachos empiezan bien, pero después necesitan agitarse sobre ella: una, dos, tres veces. Se turnan aplastándola contra el pasto mientras Norma cuenta las estrellas para entretenerse. Después la llevan a casa y ella les da las gracias con un beso en la mejilla.  A los adultos los llama ‘papito’ y siempre olvida el nombre de los más jóvenes.

Norma Jean se siente excluida; pasan por su vida un esposo y un hijo.  Está harta de contemplar paredes decoradas y de escuchar cómo la guerra lo ensucia todo. Entonces una noche de bares, inventa a la mujer feliz que quiere ser.  Le pone algodón en la cabeza y un cascabel en el alma.  Se transforma en una muñeca de sí misma y por fin, tiene alguien con quien jugar.

Norma Jean se siente desolada y por eso imagina a Marilyn Monroe caminando desnuda por una catedral repleta de fieles.  A diferencia de las estrellas de su adolescencia, ella es un astro que no posee una órbita constante, que no retiene a ningún cuerpo.  Por hacer algo interesante visita a un cartomántico, usa Chanel No5 y dice sensualmente ‘comunismo’.  También les pregunta mucho a sus amantes si la quieren.  Ellos se agitan: una, dos, tres veces. Ella cierra los ojos.

Norma Jean se siente vacía y los Kennedy le han prometido que será Primera Dama y la amará todo un pueblo, pero aquella noche ninguno de los dos contestó el teléfono.  Por eso tragó las pastillas, todas y cada una de las píldoras negras que tenía el frasco. Marilyn Monroe está muerta pero no ha dejado de sentirse desamparada.  Hay soledades que son para siempre.

 

 

DE BALAS PERDIDAS (2010)

En sus dos versiones:
Edición de premio Pichincha de Cuento, colección Cochasqui
y Editorial peruana Casa Tomada.


 

La pierna

Parece que la historia comenzó cuando la piel del muslo tomó un tono lechoso brillante. Entonces los hijos consideraron, por primera vez, sacar a la madre del pueblo. Ella insistió en que estaría bien, la extraña enfermedad se le pasaría como se le habían pasado la neumonía y la bubónica. Era persistente, no en vano había resistido parir instalada en el pedazo de monte donde vivía y poner en orden a todos en la casa, entre la friega de ropa, el horno de leña y la fuga de los perros. Desde la hacienda del costado los veíamos ir y venir: eran doce como los apóstoles, pero lelos y ninguna una sola hembra.

Mientras tanto se dice que la madre, desde la hamaca de totora porque jamás se había acostumbrado a los colchones, daba órdenes severas a los más jóvenes como quien dirige el mundo. Pocas veces se levantaba o lo hacía solamente para lo imprescindible: reunir a la jauría, por ejemplo; ella sí que dominaba a los perros, hasta los que estaban de nuestro lado de la cerca tironeaban de la correa para irse. Fue en uno de esos recorridos bamboleantes que ya para ese entonces se le hacían difíciles, cuando los hijos se dieron cuenta que bajo el faldón de lino, la pierna derecha estaba hinchada y venosa, como un animal que lleva muerto varios días. Callada, arrastraba el pie con furia y sin queja, crispando los puños. Supongo que la tenacidad de la tierra siempre la había impulsado, había algo poderoso y ciego dentro de aquella campesina, por eso siempre limitamos los tratos con ellos y dejamos las cosas claras. Lo nuestro comienza aquí, lo suyo empieza allá. Pero en medio del descampado uno tiene que oír lo que se dice, es inevitable no escuchar.

Una vez que ya no pudo moverse, cuando la pierna estaba tan grande que parecía una preñez y los hijos tuvieron que quemar flores de vainilla para que el aire no estuviera tan pesado, decidieron trasladarla a la ciudad en una carroza que en su tiempo se utilizó para pasear a la reina del caserío en los días de fiesta. Los vimos partir en aquel camión de flores como si fueran una comitiva de circo, pero eran, más bien, un cortejo fúnebre. La madre volvió muda. Ella hubiera querido que todo siguiera como antes, con los perros durmiendo al calor de su muslo hinchado y con la rutina de arriar a los cerdos —que ya para ese entonces se comían los retoños de sus propios sembríos—. Ella se volvió un mueble, un enorme mueble blanco que no contestó las preguntas del médico ni les volvió a dirigir la palabra a sus vástagos. Nunca más.

Escuchamos decir que la pierna parecía lo único tranquilo en esa casa, en su contundencia había algo de la calma de las rocas, algo de hielo o de pedazo de sal. Entonces comenzó una época terrible para la familia. Aunque eran muchos no se daban abasto para las tareas de la siembra. Por la mañana hacían litros de una infusión de manzanilla con albahaca que debía durar todo el día. Con ese líquido bañaban a la madre, pero sobretodo, limpiaban su pierna con cuidado, sin dejar un solo lugar sin enjuagar; después, aplicaban ungüentos caseros de rosas, verbena, menta; empasto de cuanta cosa hubiera para mantener calmado a ese otro ser que había empezado a ocupar sus vidas. Luego ponían la media de lana para hacer presión y la abanicaban por horas para evitar el calor y la humedad. Cuentan que la madre apenas si probaba bocado, pero la pierna tenía demandas urgentes porque luego de la merienda había que repetir todo el rito de limpieza nuevamente.

A veces, un vecino amable iba a devolverles algún animal perdido que había ido a dar a sus tierras, pero a los pocos días volvía a extraviarse. El corral estaba vacío y los campos arrasados.  Si la madre seguía debajo aplastada por el peso del monstruo o si murió de hambre, no se supo: la pierna de dedos abotagados y transparentes, siguió creciendo hasta hacerse espacio en la casa. Algunos de los hijos se fueron a la ciudad y se perdieron, pero los otros se consagraron a esa nueva vida que les exigía devoción absoluta.

Ahora sabemos que los que han quedado se mueven por los campos de noche para conseguir comida y que a veces han entrado a las Iglesias o a las casas vecinas en asaltos salvajes —yo tengo a mano un machete afilado, por si acaso— Los municipales  no sospechan de ellos porque la casa luce vacía, parecería que ya nadie habitara allí, pero hay movimiento (ya he dicho que con tanto silencio es inevitable oír) tanto que ciertas madrugadas se puede escuchar el ritual con claridad: hacen un círculo en torno a la gigantesca pierna, canturrean, se inclinan hasta tocar el suelo con los labios y cuando levantan los rostro flacos —seguramente mojados de lágrimas y de sudor—  hasta se puede ver en la superficie de aquella extremidad amoratada, unos pequeños ojos acuosos que han surgido donde antes parecía que estaba la rodilla.

 

Pistola cargada

“Una pistola que cuelga de una pared, tarde o temprano será disparada”. ~ Proverbio ruso

Sobre la mesa de comedor de la casa donde habita la pareja se encuentra una pistola cargada con tres balas, que el autor de la historia ha colocado allí para crear tensión. El lector espera, “al filo de la hoja”, que los protagonistas vayan a usarla buscando dar fin a una riña que ha durado veinte años de vida conyugal. Como el lector de este cuento ha estudiado algo de preceptiva, sabe que si en una narración un elemento es mencionado con especial insistencia, más adelante deberá ser empleado como recurso dramático, así que aguarda con cierta zozobra el momento en que el arma será utilizada, tal como aconsejan los teóricos. Ya se imagina con morbo el tronar de la bala, el olor picante de la pólvora, el vuelo libre de la sangre y un impreciso quejido agudo atravesándolo todo hasta llegar al silencio vacío. Debido a que es un lector disciplinado sabe que sólo entonces podrá cambiar de página, y hasta puede que llegue a terminar el resto de los cuentos de este libro.

Los actuantes discuten acaloradamente mientras dan vueltas por todo el cuarto. Se han tomado ya algunas copas de vino y humores rencorosos les vaporizan el cerebro. Se reclaman el uno al otro por la cama que estuvo inmóvil durante semanas; por la vez en la que él se fue de viaje y olvidó telefonear; cuando ella se mandó flores firmando la tarjeta como si se tratara de otro hombre; cuando él no reservó a tiempo los pasajes para ir a Argentina y hubo que hacer cola en el aeropuerto, junto a la selección de fútbol; por la leche para el hijo, por la comida para el canario, por los pechos de fulana.

Llueven perros y gatos mientras ellos parlotean reproches con la voz cruzada de amenazas punzantes. Todo esto lo aguanta el lector esperando con paciencia el momento en que la mano prometida tome la pistola y finalmente hale el gatillo. Será pronto, piensa con alivio, cuando ve que la botella de vino vuela por el aire.

Por eso, cuando lee que la pareja está dispuesta a reconciliarse, no lo tolera. Apegado como es a las reglas de la estructura, el lector entra de puntillas a la narración, toma el arma que espera sobre la mesa y con sumo cuidado, para no dejar huellas, da dos tiros limpios, mientras ellos bailan abrazados al son de una música inaudible, tan antigua como su historia conyugal.

Le dispara primero a ella, que cae con la torpeza de un bulto de arena, y luego a él. Por idiota —piensa el lector —, cinco horas con la selección de fútbol de Argentina y no pudo pedirles ni un autógrafo. Entonces, se escucha a lo lejos el ulular de una sirena, la envía el escritor para salvar a sus personajes, que aún boquean como peces. Con el arma todavía en la mano, el lector piensa fríamente qué hacer, mientras el sonido de auxilio se hace cada vez más cierto.

Cuando la puerta se abre por la fuerza, se escucha un último tiro en el escenario de la historia. El lector, muy disciplinado en sus estudios, sabe que en los libros de teoría literaria, también se habla de la incertidumbre de los finales abiertos.

 

 

DE CAJA DE MAGIA (2012)

Parafernalia


 

Teletransportación

Para Alberto Chimal

En un siglo donde ya no se usan relojes, la viajera del tiempo, finalmente, ha logrado toparse con el viajero del tiempo, a quién venía persiguiendo desde hacía ya varias centurias, usando el método de la teletransportación: Ella está anciana y él luce jovencísimo. Como pasa siempre en el amor, piensa mientras lo observa desolada, hemos coincidido o muy temprano o muy tarde.

 

Búsqueda de oficio

—¿Por qué no puedo trabajar como ilusionista? — Pregunta ella con persistencia al dueño del circo—.Ya te he explicado la tradición— contesta, harto de necedades — ¡si eres mujer,  la historia dice que sólo puedes ser bruja!

 

Adicionales

En algunas Cajas de magia –sobre todo las taiwanesas –, suele incluirse una mujer elástica doblada en cuatro partes. Come poco y es de gran ayuda en los juegos de manos. Como advertencia avisamos que suele quejarse de la nostalgia que aqueja a todo migrante, pero tampoco es para tanto. Se consuela abrazándose a sí misma.

 

 

DE LA BONDAD DE LOS EXTRAÑOS (2014)

Ediciones Cadáver exquisito y La caracola

 

 

Pequeñas mujercitas

Mientras llenaba cajas y cajas con basura sacada de la casa de mis padres, vi a la primera mujercita correr hasta el sofá y escabullirse bajo sus patas con un grito de alegría eufórica. Tampoco es que me sorprendiera demasiado topármela. Ser hija de una pareja de acumuladores que durante toda su vida no habían hecho más que almacenar bolsas vacías de papel, recipientes plásticos y bichos de porcelana, aumenta la posibilidad de que, si haces una exploración profunda, des con cosas muy extrañas escondidas en el hogar de tu infancia.

Una de las actividades preferidas de mi aburrida niñez era revisar cajones para hurgar en su contenido, pero desafiándome a dejar las cosas tal como las había encontrado. Así, di con una colección de llaveros de la Segunda Guerra Mundial, unos posavasos pornográficos y con la colección de puñales que guardaba celosamente mi padre bajo las tablas de la cama. «¡Ya has estado trasteando entre las cosas!», vociferaba mi madre si notaba un leve cambio de orden entre alguno de los cientos de objetos recolectados y luego me daba unos buenos bofetones con la mano abierta o un golpe de cinturón en las palmas. «Aprende a tu hermano, que jamás da qué hacer». Obvio, desde que tenía memoria Joaquín había pasado jugando en la calle, con sus carritos, con su bicicleta, con sus patines, con su pandilla, con sus noviecitas. Se había negado a ser uno de los tantos adminículos de colección de mi madre.

Una vez en el asilo, mis padres no necesitarían nada más que lo esencial, así que llevaba casi una semana separando en pilas lo que donaría a la caridad, lo que regalaría, vendería y subastaría a buen precio; y también con lo que iba a quedarme para observarlo y ponerle las manos encima, pero primero había que deshacerse de toda la suciedad. Entre los cachivaches de la cocina hallé algunas lagartijas, una rata y hasta un murciélago muerto. Incluso, si lo pensaba con cuidado, la rata parecía ser el cadáver de un viejo hámster que perdimos en la infancia. Mientras perseguía con un zapato a unas arañas, vi a la mujercita desnuda atravesar el salón en pleno grito de guerra. Entre todas esas rarezas que descubría, una pequeña mujer salvaje corriendo por ahí no me parecía tan increíble.

Miré bajo el sillón y, tal como me lo había imaginado, existía toda una civilización de diminutas mujeres haciendo su vida. Algunas estaban sentadas en grupos muy juntas, peinándose el cabello entre ellas, contándose cosas y riendo; unas fumaban, tumbadas, trozos de hojas arrancadas a un helecho cercano al sofá; y otras se trenzaban en guerras de placer lamiéndose el sexo y los pechos por turnos, mientras se mordían los dedos de sus minúsculas manitos o emitían agudos gemidos de gozo. Estos ejercicios que cuento los hacían a la vista general de toda la población sin ningún pudor o recato. No vi hijos ni embarazos entre las mujercitas, todas jóvenes y magras. Lo que sí, me parecieron bastante hedonistas por no decir indecentes.

A media tarde sonó el teléfono. Contesté con una mezcla de coraje y desconcierto por las mujercitas que ahora dificultaban mi limpieza de la sala. Era mi hermano Joaquín que me pedía un espacio en la casa para pasar la noche porque su esposa lo había echado otra vez a la calle. «Se dio cuenta de que no terminé la relación con Pamela, como le prometí. Tú sabes que mamá siempre me daba una mano en ese asunto y me dejaba dormir en el sofá». «Estoy aseando la casa, todo está revuelto y lleno de polvo. Pero si crees que puedes soportarlo, pues ven». «Gracias», me dijo, «no sé qué ha tenido siempre ese sofá, que me hace dormir muy bien». Entonces sentí escalofríos.

Armada con una escoba fui a barrer la ciudad de las mujercitas. Con la fuerza de mis escasos kilos, le di la vuelta al sillón y, cuando estuvo patas arriba, a escobazo limpio como una ama de casa experta en matar insectos rastreros, dispersé, sacudí y victimé a las que pude. No fue fácil, pelearon lo suyo y tenían dientecitos filudos; pero en menos de una hora ya habían desalojado el sofá. Una que otra se escapó en dirección de los dormitorios, pero estaba segura de que solo había sido un pequeño número en comparación con todas las que eliminé. Justo cuando volví a colocar el mueble en su posición original, sonó el timbre. Joaquín me sonrió encantador como Clark Gable desde el otro lado de la mirilla. Juntos pusimos en la vereda las fundas llenas de mujercitas que yo ya tenía listas para que se las llevase el camión recolector.

Tomamos como cena rápida una sopa de sobre. De vez en cuando la vista se me iba al piso al ver pasar a una que otra mujercita correteando mientras se tiraba de los cabellos o lloraba con la boca abierta, vagando sin rumbo. Pero yo procuraba no prestarles atención, mientras mi hermano me contaba los detalles de su sofisticada vida como asesor de un político, de los viajes que realizaba, de las personas que conocía, mientras yo apartaba de un puntapié discreto a las mujercitas que intentaban subirse por mi pierna.

«Yo no quiero tener que elegir a ninguna mujer porque la impresión que tengo es que ellas, más bien, quieren que elija para tener pretextos para sus batallas. Los hombres somos para las mujeres un motivo más para su guerra, y no: yo me niego a ese juego. Estoy feliz con las dos, con las tres, con las cuatro que haya en mi vida», y yo fingía un picor en la pierna para espantar a la mujercita que me clavaba una flecha vengativa en la rodilla. Sí que era miserable Joaquín, que había vuelto a la infidelidad contumaz una postura filosófica. Lo pensé, no lo dije. Más bien le sonreí con un gesto muy parecida a la complacencia. Tal como lo hacía mamá.

Antes de dormir, mientras yo llevaba los trastos a la cocina, lo vi sacarse la ropa en la penumbra de la sala, iluminado solo con la luz eléctrica de la calle. Mi hermano era un hombre muy bello. Alto, de musculatura firme, con una sólida nuez de Adán atravesándole el cuello fuerte, y un par de brazos vigorosos, fraguados en el gimnasio y en los ejercicios de pulso con otros hombres tan competitivos como él. Mientras se lanzaba al sofá, semidesnudo, listo para entrar al mundo de los sueños, buscando seguir también allá la conquista de espacios y de hembras, las pequeñas mujercitas sobrevivientes se agrupaban en el suelo y armaban una estrategia de defensa.

Una de ellas se escaló temerariamente al sofá y exploró con curiosidad el cuerpo de mi hermano. No sé si había hombres pequeñitos en su mundo, pero dar con uno bastante grande la tenía fascinada: olisqueaba y mordía su piel mientras Joaquín se rascaba aquí y allá. Más mujercitas lograron trepar y fueron a pararse en su pecho peludo, agazapándose y rodando entre el vello; y otras tantas inspeccionaron el bulto que se adivinaba entre sus pantalones. Se las veía cómodas en esa tierra nueva que habían descubierto.

Antes de salir, dejé la luz de la cocina encendida. Me acerqué en silencio a Joaquín, que respiraba con un ritmo pesado, mientras numerosas mujercitas armadas se empeñaban en trepar con escándalo a su entrepierna. Él exhibía una desparpajada sonrisa de placer que venía desde el fondo de su cerebro de varón satisfecho. Sentí un fastidio profundo. Tomé sin hacer ruido las llaves de su coche de la mesa mientras más y más mujercitas despelucadas y feroces llegaban a revisar el estado de su nueva colonia. Cuando cerré la puerta y le eché doble llave atrancando la salida, me pregunté si los gemidos de mi hermano, que alcancé a escuchar del otro lado del umbral, serían de dolor o de placer.

 

El peor apocalipsis

La escatología bíblica especula que al hacer sonar la trompeta, el quinto ángel hará temblar la Tierra y esta se derrumbará en terrones incendiados hasta sus cimientos. Los profanos creen que la sobrepoblación hará el trabajo y que luego, entre la guerra y la hambruna, nos iremos extinguiendo. Otros postulan que esto es una noria, que ya hemos pasado por aquí algunas veces, aunque hay tanto tiempo entre giro y giro que no lo recordamos. Pero hay una conjetura sobre el fin del mundo más aterradora. Sus teóricos sostienen que no sucederá absolutamente nada, que el hombre y su espacio sufrirán de un apocalipsis donde el estado de las cosas permanecerá tal cual lo percibimos, sin progresión ni contraste, inamovible por los siglos de los siglos.

 

 

 

 

Solange Rodríguez Pappe. (Ecuador, 1976). Escritora que explora los géneros de lo extraño, lo fantástico, el terror, la literatura de anticipación y la minificción. Cronista, activista cultural y conductora de talleres de escritura creativa.

Obtuvo el Premio Matilde Hidalgo de Prócel 2017 por sus 20 años de trayectoria como docente en el campo de la Literatura. Fue la creadora del Taller de la imaginación en el 2014, que busca incorporar lo fantástico y la ciencia ficción al canon de la literatura ecuatoriana. Es investigadora especializada en el microrrelato y las narraciones sobre el fin del mundo. Su tesis de maestría sobre la posible destrucción de la ciudad de Guayaquil en las ficciones apocalípticas,  será publicada en la serie magister de la Universidad Andina en octubre de 2017.

Cuenta con una maestría en Estudios de la Cultura, mención Literatura Latinoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar.

Actualmente es Subdirectora de la Escuela de Literatura de la Universidad de las Artes.

Libros publicados:

Tinta Sangre, Guayaquil, Ecuador (Gato Tuerto Producciones, 2000)

Dracofilia, Guayaquil, Ecuador (Quelonio, 2000)

El lugar de las apariciones Guayaquil, Ecuador (Edino, 2007)

Balas perdidas Lima, Perú (Casa Tomada, 2010)

Fantasmas entre letras Colombia, (Caza libros, 2011)

Caja de magia, libro virtual lanzado por la editorial nicaragüense Parafernalia, (2013)

Episodio aberrante (Colección Absurdia, Suburbano, ebook, 2014)

La bondad de los extraños, Quito, Ecuador  (Cadáver exquisito y La caracola, editores,  2014)

 

 

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