Carmen Váscones por Roger Hollander
Carmen Váscones
Retrato: Roger Hollander

Escribir para asentar la palabra en la ilusión de un lector anónimo que contrapone su espacio con la letra que se deja tocar en la ventana de una escena: la poesía.  Ella escribe los monólogos del cuerpo con la ausencia. La vida se excava.   El mundo poético que me habita  ha sido un drenaje al verbo.   Este convivir con el caos exige un espacio para que no choque con la realidad, es así, que  ha  demandado un muro de papel.  Allí la letra sin tener que sangrar ha dejado que la angustia cese por ratos.  Que la sensación de existir sea.Que el descifrar los enigmas se dé sin tener que poner el pie en el abismo.  Que se manifieste el ser sin ser sometido a la censura.  El orden establece silencios.  Y a veces hay que puntualizar que no todo se calla.

La poética no se deja allanar, no se deja encerrar en una conciencia servil.   Escribir debería convertirse en un arte.  Esa es la máxima expresión de lo sublime.  Nada fácil el camino elegido en las mancuerdas del sonido en el grafo.   ¿Quién le dio vida a mi imaginación y al deseo de ser escritor?

Mi deseo afín al poetizar devela el velo de la palabra. La descodifica.  Ella hace semblante de las  ficciones o verdades.  En ese espacio construyo un autor(a), “desnudado por sus mismos lectores(as) y guarecido en el lector(a)”.

El temor a enfrentarse a la escritura  es el miedo a enfrentarse con uno.   Cada uno de nosotros es como la piel de zapa, que va desapareciendo conforme vamos haciendo uso a la creación en el telar que se compone y deshilacha poco a poco: el cuerpo.   Hay que descubrir o desmantelar ritmo, cadencia, idioma propio o la ruptura de una particular lectura de ser o no en ese dejarse tocar por el esplendor del vacío. La voz del silencio y un espacio para la aparición de lo bello. Hay que aprender a desechar para no convertirse en desecho.   Es importante ser capaz de atreverse a escriturar, a inscribir, a registrar experiencias; dejarse tocar por los retornos de la memoria, embestir el percibir. Dejarse llevar por las impresiones más ínfimas.   ¿Cómo embistes  la vida en el tocador de la existencia y del ser para que la cornada no te coja por sorpresa?   Siempre he escrito, soy un relato sin lápida en la escritura, no le pongo dolor a la dicha ni a lo dicho.  La fragilidad de mi existencia me da otras instancias: la imaginación, la sensualidad, un erotismo sin empantanarse.   Octavio Paz dice, “el amor no es hermoso: desea la hermosura.  Todos los hombres desean.  Ese deseo es búsqueda de posesión de lo mejor… ¿y qué busca el amante? Busca la belleza, la hermosura humana.  El amor nace a la vista de la persona hermosa.  Así pues, aunque el deseo es universal y aguijonea a todos, cada uno desea algo distinto”.

Y el poema qué es, acaso, no busca confrontar lo bello con el horror. El éxodo del erotismo y del dolor en la poesía ata el destino y la libertad de la búsqueda personal en ese otro que se va siendo desde el lenguaje inseparable de la condición humana carente de eternidad y perfección.   Hice un desacato a los sucesos de mi vida, soy ajena al pasado más no indiferente, ya no forma parte de mí.  Y lo que tenía que decir, ya lo desaprendí sin reprimendas.  No deseo volver al ayer, ya todo fue, es un paso del porvenir que hizo su efecto.  De pasada estuve, pero no permití que me juegue una pasada.  Lo prendé con un presente, este lo deshizo en un verbo de guiones, trincheras  y escenarios de tiempos sin cronologías.  Lo determiné atemporal.   Escribir sin interrupción en la trama del telar donde se pigmenta el mundo. También descanso.   Lo transitorio del ser es avizorado por la poesía. Ella es condición de aceptación y fuente de transformación, de interpelación de los contrarios, de crear un saber distinto del génesis y de toda ciencia.

El erotismo es en la poesía lo masculino y femenino concibiendo la infancia sin contemplación del verso sin reducirse a desecho ni ratos mundanos que nos desarraigan del fascinante instante de la invención. Cada momento a lo suyo.   El poema es la voz, el agujero, el semblante. El vacío mismo dejando que la forma exista. La cifra de dios, del humano y de todo cuerpo preguntándose ¿quién soy?  Ya que el deseo no es suficiente para saberse humano, peor saberse racional o mortal.   La poesía es la otra, la voz del otro, lo otros de las voces del erotismo configurando la identidad humana que no se reduce a un coito, rituales y civilizaciones.  Sino al gozo de existir desde y por la presencia divina o pagana de la palabra que nos invita a ser todavía.  Es una poética corporal de ausencias y presencias  fundida en una erótica del cuerpo  verbal del sonido aquel que nos extraña y extrañamos.   La poesía, es una constancia del abrazo entre la composición y descomposición, entre la destrucción, construcción y reparación, entre la muerte y la vida, entre el cielo y el fuego, entre lo bestial y humano, entre la nada  y la palabra.  Entre tú y yo.

carmen-vascones-poeta-ecuatoriana

 

Autora: Carmen Váscones. Escritora Ecuatoriana.
Poeta, Psicóloga y Promotora Cultural.