10 RELATOS DE ELSY SANTILLÁN FLOR

 

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AZULEAR

 

Lo vio desde lejos y pensó que era el sueño que siempre quiso soñar.

Dejando a un lado el cansancio, se dio cuenta de que su color no variaba y en vez de ser verde musgo o castaño, era completamente azul.

Al llegar a sus linderos se detuvo asombrado, pero luego los atravesó decidido y sin quererlo se sintió tan azul como los árboles y la tierra. De repente, una sensación transparente, como de cristales lo invadió.  Se encontró cantando melodías para él desconocidas.  Era un hombre nuevo y rejuvenecido;  olvidó en un segundo su vida, su pasado, los motivos que lo llevaron hasta aquel lugar.

Raros frutos colgaban de los árboles. Probó varios y no pudo reconocer un sabor conocido. Quiso sombra y la encontró bajo el follaje, buscó espacio y lo descubrió en varios claros.

No había sonidos. Todo era quietud.  Perdió la noción del tiempo y poseyó al bosque.

Poco a poco se fue cansando del paisaje y de la soledad. Aquel bosque azul y extraño que tanto lo deslumbrara fue perdiendo para él todo interés.  No había salidas.  El bosque se extendía en hectáreas infinitas de azul, mostrando por doquier sus frutos, sus sombras, sus parajes.

Vencido, supo que era su destino vivir, soñar y tal vez morir en azul; gritar, desesperarse en azul;  aplacarse y conformarse en azul.  Cansado arrojó su cuerpo en una sombra y con eterna piedad de sí mismo, vio correr por sus mejillas y manos, salinas gotas de Azul.

 

 

ARENA

Abandonó el auto en cualquier sitio y caminó sin rumbo.

No había luz, pero la luna brillaba en las aguas y en la arena, mientras el rumor del mar se oía por todos lados.

Un sabor salino se metía en su nariz, en sus oídos, en su boca, en cada poro de la piel, emborrachándola.

Avanzó más y la fascinación del mar la inundó irremediablemente. Extendió los brazos, los cabellos, el alma hacia esa masa oscura, salina y húmeda.

Cuando tocó su piel, le pareció que era un inmenso rostro lleno de lágrimas.

Mil astillas de agua saltaron frente a sus ojos –el mar es una mujer de millones de caras, labios, cabellos que llora un solo llanto-.

No sintió nada.

Se entregó en sus innumerables manos, dulce, suave, calladamente.

 

 

LA RESPUESTA

Abrir la ventana, cerrar los ojos, respirar profundo. Dejar que la mente evoque, piense, dude.

Sentir que un río interno se desborda; ser parte de un terremoto, aunque todo esté quieto.

Agitarse entre miedos infinitos, petrificarse. Enfurecerse contra el universo entero.

Aplacarse, tener fe. Ver que el tiempo transcurre, que el plazo se cumple.

Vendavales que estallan, soles implacables que queman. Otra vez las olas que se aquietan.  Pájaros en el cielorraso, mensajeros de paz o de batalla.

La respuesta está en los dioses.

Vendrá en una ola, en una nube. En una ráfaga.

Se llamará verdad y se la afrontará en el silencio congelado.

 

 

MÁSCARA

Avanzó a tientas por las rugosas piedras del recuerdo y tanteando la noche con ojos abismales soportó la evocación terrible.

Después de largo tiempo acomodándose en la realidad tangible, exprimió el último dolor, hasta vaciarlo.

Finalmente, emergió a la vida como un Ser de distancias y de tedios, la retomó dignamente colocándose la más hermosa e indiferente mascara.

 

 

ORDEN

Pasó la noche entera escarbando un montón de recuerdos amarillos. Cuidadosamente los fue limpiando y los volvió a apilar en el estante, mientras pensaba que había esperado demasiado tiempo.

A la semana la encontraron pudriéndose entre su propio hedor. Los comentarios crecieron a millares.  Sin embargo, nadie pudo dejar de hablar del impecable Orden que guardaba esa habitación.

 

 

FIEBRE Y BRISA

El olor a tierra se hace más profundo.

Abro mis puertas para llenarme de ti. Vibra la melodía que amo y a su compás sueño en universos.

Siento el musgo de tus manos sobre mi cuerpo de agua. Conoces mis laberintos y pasajes, riegas mi paso y saboreamos vida.  El instante se vuelve infinito.

Pero no quieres ser lluvia aunque veo tus ojos en nube. Escondes tu voz entre mis hojas, no respondes, me miras y languideces en la sombra.

Te veo renacer en un agitarte de estrellas temblorosas. Tus ojos nube se incendian.  Presiento tu cuerpo ola, el mío arena, tu boca fiebre, la mía brisa.  Me inquieto en tu misterio, en tu resistirte de sueños imposibles.  Descubro que tus amaneceres no son como mis turbulencias.

El olor es débil. Cerraré las puertas.  El día se apagará en un estallido de nubes, pero yo no estaré para mirarlo.

 

 

HILACHAS

Aquella vez una tibieza de sonrisa se quedó colgada en el ambarino cristal de la nostalgia por eternos inviernos. Pero un día –y cuando la poseedora de aquella mercancía logró entender la verdad– penetró en la habitación y solo halló apergaminados hilos que salían a través de la ventana.

 

 

JUGUETEANDO

El rompecabezas está a punto de ser concluido.

Apenas si faltan quince o dieciséis piezas que semejan riachuelos con arbustos en su orilla, y al fondo la deliciosa casa de ladrillos, tres ventanas, un par de puertas, aroma de cocina fresca y montañera.

Falta tan poco para saber que un paisaje encantado pronto brotará ante mis ojos y me hará soñar, como cuando de niña lo hacía al mirar paisajes infinitos como éste, que lentos brotaban en la pared lateral.

Y así mismo, falta tan poco para saber que veré terminado un sueño más que ha crecido en el espacio de mi noche «un sueño más» que ojalá no explote, como una pompa de jabón entre los dedos.

 

 

DESEOS

Salomé construye sueños en papeles grises de transparencia indescriptible. Lava su rostro en aquellas hojas escarchadas, sufre con la determinación que sienten sus creaciones irreales.

En cada una de ellas imprime un poco de sí misma, una tristeza colgada de la luna, un amanecer despintado en la nostalgia.

Irremediablemente plasma en cada una, la última esperanza qué guardó en su baúl de eternidades, hace años.

Lo único que le preocupa es que no puede desde esta mañana abrir el cofrecillo…

Se mira en el retrato que pende del tumbado y descubre que jamás volverá a tener entre sus dedos, el secreto aroma de los tangibles deseos.

Hoy… despertó más a prisa que otros días.

 

 

HABITANTE DE UN MUNDO EXTRAÑO E IMPERFECTO

Viene… va… en laberíntico esplendor de grises sueños, en regocijada esencia de esmeraldas transparentes.

¡Recuerda! Y ahora, son solo evocaciones tardías aquellos sueños que había colgado cuando el misterio del encanto le atenazaba el cuello.

El Tiempo había transcurrido demasiado implacable y con su huella de humo aniquiló los deseos. Esos deseos que quedaron apilados en estantes, detrás de los muros incongruentes, de la decisión escasa.

Se miraba siempre construyendo espejismos en el instante de la trivialidad, siempre visitando habitaciones imposibles en el ignoto castillo de sus anhelos, cuya virtud era la de invertir al tiempo y sumergirlo en el abismo de rojos gritos y añejados tormentos.

Y ella siempre en la cúspide de todo esto, sintiendo como el viento exterior azotaba en lo poco que guardaba en su alma, aquella porción de ínfima esencia que descascaraba lenta pero tenazmente la vida.

Renata lo sabía.

Contemplaba las estrellas y soñaba en dimensiones más suaves. Pero también divisó la ruptura de la temporalidad y con ella, solo quedaron huellas de polvillos cristalinos, en su ineficaz cajita de perfumada labor.

Noche a noche, día a día, el conocimiento de lo perdido ahondaba más en su interior.

Cuando solo quedaron ruinas, decidió recordar, porque solo los recuerdos eran los únicos seres que llamaban a su puerta.

Una taza de té para ellos. Bocadillos y dulces para los recuerdos que llegaban vestidos de luto o de lujuria, de verdelila o blanco hueso.

La nostalgia demasiado perfumada invadía los rincones y se deslizaba sinuosa por debajo de las mesas de viejo roble. A veces trepaba hasta los tumbados y se escondía entre las cenefas del estuco.

Renata la sentía desde el sillón ancho que se encontraba muy cerca a la ventana, desde donde ella miraba el jardín -ahora desolado-, las plantas que habían crecido con enloquecida velocidad, los contornos de una pileta que ahora exhibían musgosidad y descuido.

Se la veía correr por aquel jardín. Un vestido de rosa y miel se ceñía a su piel de niña, su risa pegaba contra los árboles y las flores, salpicando de luz el suelo por donde pisaba.

Irina la miraba desde esa misma ventana que ella ve ahora. Renata sentía sus ojos oscuros sobre sus juegos y estaba segura y en paz.

Ella era su refugio, cuando en las adormecidas tardes la llevaba hasta su habitación, para contarle sucesos locos. Irina hablaba y reía, inventaba un sinfín de historias en donde bailaban horripilantes princesas con amables brujas. La mejor de todas era aquella de las “luces negras”, de esos seres transparentes, que dejaban ver su cuerpo como a través de una tenue fosforescencia oscura, que caminaban por las noches hasta su cama, atravesando paredes y puertas y que la vigilaban, hasta que el amanecer los espantaba como un lánguido susto.

Así había sido su vida, su diáfana mañana de ensueño, ya perdida en algún abismo de la desdicha. ¡Aunque no!, no era ninguna desgracia lo que había sucedido. El crecer y contemplar el acabose de las cosas no merece el calificativo de nefasto. Simplemente es el desgranarse de una mazorca estacionada arriba de la cabeza. Su infancia fue uno de aquellos granos, su adolescencia otro; Irina, la pileta, los zapatos de lazo y punta redonda los otros; el adolescente que peinaba sus cabellos junto a una chimenea de color antiguo, los demás. Era el nuevo día. Desde hoy debía empezar a vivirlo, como habitante de este mundo extraño e imperfecto.

Renata secó las penas. Miró la tumba que era ocupada por el cuerpo de Irina desde hace algunos días, volvió a desandar lo caminado mientras pensaba que se dedicaría a escribir historias de amables ratas y gentiles sapos, guiada siempre por la suave mano de Irina.

 

 

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Elsy Santillán Flor (Ecuador 1957). Poeta, narradora, novelista y dramaturga. Doctora en Jurisprudencia y Abogada. Galardonada con premios internacionales, su obra se presenta en antologías ecuatorianas y extranjeras. Autora de los libros de narrativa: De mariposas, espejos y sueños, 1987; De espantos y minucias, 1992; Furtivas vibraciones olvidadas, 1993; Gotas de cera en la ceniza, 1998; Los miedos juntos, 2009; y Las ficciones de la soledad, 2010. Autora del libro de poesía: En las cuevas ajenas de la noche, 1997. Autora de las obras para teatro: Danza imperfecta, 2010; y Cena para estúpidos, 2010.

 

 

Algunos meses han pasado desde que Elsy me hizo llegar una copia de su libro de cuentos Los miedos juntos. Entre viajes, complicaciones de salud y obligaciones laborales no había podido sentarme a leerlo, hasta que finalmente lo hice, y me adentré en todos los fantásticos espantos de sus voces. Esos miedos de los cuales no logramos escapar. Miedos que no duermen. Miedos que son de hielo. Miedos que tienen su tinta de colores. Entre estas páginas de temores existenciales toma forma la tristeza, la nostalgia, el amor, el desamor, la traición, el recuerdo, el olvido, la vida y la muerte; destinos sobrecogedores que cada uno de nosotros ya vivió o ha de vivir tarde o temprano. La narrativa de Elsy es ágil, es directa y sabe atrapar cabalmente; sus relatos retumban en la garganta, o en el corazón, o en las sienes. Gracias Elsy Santillán por tus palabras que he disfrutado y he temido. ~ Ana Cecilia Blum