Las Estaciones de Edmundo

Edmundo Retana

Edmundo Retana

Tres tiempos en el libro de Edmundo Retana, tres tiempos como los tiempos de la vida, y en estos tiempos el deseo de ser siempre “el pasajero de la lluvia”. Ese pasajero de todo lo transitorio -la existencia misma-; el peregrino de todo lo que cae y desaparece pero que al mismo tiempo humedece, alimenta y crea.

En los cronos y las  líneas poéticas de este poemario habitan las estaciones de la nostalgia, el dolor, la desazón y el miedo; pero también aquellas otras de la cierta felicidad y el sosiego, entre las búsquedas constantes y los gratos sabores que tienen en la boca y en el alma los encuentros necesarios.

En el primer tiempo hay una urgencia del retorno hacia el pasado, volver a caminar las mismas tierras de la infancia, como si en ese paso se pudiera recuperar algo, hasta resucitarlo; y el poeta lo hace con una voz cercana, íntima, pero también serena y ponderada. Volver al padre, a la madre, a los hermanos, a los seres, las cosas, las calles que hoy ya están hechos de memoria: “Tenías seis años…papá hacía tiempo que callaba…el silencio se lo iba llevando… no sabías llorar, solo sentías eso que se iba de vos a su tristeza…de donde él te miraba, como desde un país lejano…”

Luego, en el segundo tiempo, hay una lírica que se desviste y llora para contar el éxodo hacia los suelos y las olas del sur; ese sur que muy bien podría ser un territorio físico o mental; un territorio de tacto o de emoción que demanda el paso por las calles extrañas, desconocidas y dolientes: “Días del sur, cuando no teníamos mesa ni fuego y el pan hacía cada día su apuesta al hambre, en la ciudad que lavaba su tristeza en nuestras manos…”.

Entre los vientos y los polvos de otros calores y mares se visita y revisita el amor, el desamor, el hambre, la necesidad, las rebeldías calladas, la humana certeza de las contradicciones,  el perdonarse en la palabra, el buscarse en la palabra, el perderse en ella, el recuperarse:  “…sentir la oscuridad de la lluvia en mi boca, el calor del fuego, pensar una idea, discernirla, la huella perdida de mi propio acento, el derecho a buscar y amar sin herir ni ser herido, más tarde llegaré, podré aún, dentro del laberinto, de nuevo amar, engendrar vida, perdonarme”.

El tercer y último tiempo es el de las enmiendas con el pasado; el de las aguas calmas, un tanto más limpias, el de los recuerdos quietos; es la estación primaveral y nueva, los retoños presentes en los grafitos del poema, donde se acude al nacimiento de otro ser y desde otro horizonte: “He querido pintar tu nacimiento / Un trozo de mar / Telas rasgadas por el llanto / Un paisaje después de la batalla”.

Así, la voz de Edmundo arriba a una suerte de balance entre el hombre y el poeta; descubrimientos que llevarán a mejores encuentros, citas insoslayables, trascendentales y aladas: “Anoche me visitó un ángel… Hablamos junto al fuego, como dos viejos amigos. Luego se fue sin darme cuenta… He hablado con un ángel en la sombra”.

Edmundo Retana en “Pasajero de la lluvia” nos entrega un conjunto de textos -prosas poéticas y poemas- tristes, nostálgicos, infinitamente bellos, intensos: “palabras que se agolpan como frutas extrañas en los labios sedientos…”. Palabras que nos invitan a los andenes del pasado para traernos de  regreso lentamente hasta el presente, a continuar caminando el laberinto. “Me habitan los duendes” dice Edmundo en uno de sus textos, y no hay duda, a él le habitan definitivamente los Duendes de la Poesía.

(Por: Ana Cecilia Blum)

 

TEXTOS DE “PASAJERO DE LA LLUVIA”

© Edmundo Retana
© Editorial Costa Rica

Uno sabía que por allí andaban los muchachos. El ruido que hacían se escuchaba desde el cuarto y uno quería irse con ellos. El día había sido un lento trasiego de amapolas y llantos y en el cansancio de mamá se veía el daño del tiempo. Las palabras se agolpaban como frutas extrañas en los labios sedientos. Afuera, los muchachos susurraban y reían a escondidas, uno sabía que de todos era el último y el más pequeño, para siempre.

….

Uno se despertaba temprano para ir a misa y luego viajar en el bus mirándolo todo, quieto y sin hacer preguntas que de todas maneras papá no sabría responder. Uno se arrodillaba al entrar a la iglesia y pedía perdón sin saber por qué. Dios se parecía a papá. Él tampoco contestaba las preguntas.

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Tenías seis años, horas enteras frente al televisor, sentado en la cama, recto, con tu camisita a cuadros, papá sentía que algo se lo llevaba hacia un país desconocido, luego dejabas la televisión para hacer algo, papá hacía tiempo que callaba, ya no irías con él a buscar hormiguitas por el potrero, juntar frutos, el silencio se lo iba llevando, no sabías llorar, solo sentías eso que se iba de vos a su tristeza, de donde él te miraba, como desde un país lejano, sólo palabras hojas secas traía, mucha hambre traía y vos querías descifrar toda su hambre, pero solo silencio había, palitos para arañar la tierra, preguntas que no acababan su ruta del agua, hojas secas, preguntas voraces como cuchillos, mientras, el día se iba llenando de mañanas iguales, hilos que al romperse en tus manos lastimaban, una gota de sangre era un espejo para mirar.

….

Me habitan los duendes. Intranquilos, bulliciosos, hurgan cuanto hay a mi alrededor. Los toco y son de seda, de piedra y niebla. Están conmigo sin desfallecer y comienzo a perderles el miedo.

 

SOBRE EL AUTOR

Edmundo Retana (1956) nació en San José. Es teólogo, gaduado de la Universidad Bíblica Latinoamericana y ha trabajado en organizaciones socialesen el lcampo de la educación popular y como pastor de la confesión luterana. Su formación literaria se fraguó al calor del magisterio y la amistad con el novelista costarricense Joaquín Gutiérrez. En diferentes medios periodísticos de México, Ecuador, Colombia y Brasil han sido publicados poemas suyos así como comentarios, entrevistas y reseñas de sus libros. Ha impartido conferencias y coordinado talleres literarios en Guayaquil, Ecuador, por invitación de la Universidad Católica de Guayaquil y la Sociedad Ecuatoriana de Escritores. Fue incluido en la antología Poesía de fin de siglo Costa Rica-Nicaragua, publicada conjuntamente por Ediciones Perro Azul, Revista Fronteras y Revista 400 Elefantes (2001) y en el volumen Lunada poética, Poesía costarricense actual, publicado por Ediciones Endrómeda (2005). El poemario Las sílabas de la tierra, fue finalist en el Certamen de poesía latinoamericano convocado por la Editorial Universitaria Latinoamericana, EDUCA, en 1993.

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