Metaforología presenta exclusivamente el prólogo y una selección de poemas de Los bailes íntimos,  primer libro del gran escritor costarricense Edmundo Retana, publicado en 1991 y ahora presentado a ustedes en nueva edición 2015.

 

edmundo-retana-los-bailes-intimosLos valses de Retana por Jorge Boccanera

El crítico francés Alain Sicard sostiene, refiriéndose a la obra del escritor cubano Eliseo Diego, que el escritor lee en la tragedia de las cosas su propia tragedia y que “al nombrarlas, no nombra sino su propia angustia”. Lo anterior viene como anillo al dedo de Edmundo Retana quien acaba de publicar sus bailes íntimos… Sin estridencias, como en voz baja, Retana hace su crónica del deterioro, el desgaste ínfimo y brutal de lo cotidiano, lee el mundo en una taza de café para encontrar ese “combate que urden las cosas en silencio.” Los bailes íntimos multiplican los cuerpos en un desdoblamiento continuo, con pases de encuentro y desencuentro. Este sería entonces uno de los ejes del libro: ese “otro” que se desgaja “con mi nombre y mis zapatos para anidar en los espejos, ese espacio único –señala Sicard con palabras de Jean Cocteau- donde podemos ver trabajar a la muerte.

Desde ya que este núcleo se enlaza al tema de la soledad. Entre “los bailarines” hay un puente roto, en algunos de los pliegues de estos delicados “valses” hay un trueno escondido. Retana mide una y otra vez la distancia que los separa de los demás y expresa: “Quería un cuerpo / que no quemara el fuego /…Yo quería ir al mar. / Entonces despertaba.” Si no es con los demás. ¿para qué?, se pregunta el poeta en un fondo de queja que recuerda el tono vallejiano: “Para qué el azúcar / si no se despeña por mi sangre? / ¿Para que el arroz si no crece / con mis hijos? /¿Y el fondo de mi pena / quién lo lava?”.

La vecindad con el poeta peruano se extenderá a ese hablante niño que dibuja corazones en el piso con tizas de colores y se aferra aun soldadito de plomo. En el texto III de Trilce (al igual que en textos anteriores como “A mi hermano Miguel”) Vallejo expresa alegría en los juegos, pero también el temor de quedarse solo. Según el crítico James Higgins, el poema III de Trilce podría ejemplificar toda la obra del peruano: “porque la persona poética que adopta con más frecuencia es la del niño desamparado y la nota característica de su propia poesía es un sentimiento de inseguridad e insuficiencia ante el mundo amenazador”.

El polvo hace sus bailes íntimos desde el centro de las cosas y la lengua se desanuda con susurros que duelen o abrigan: todo en una economía de lenguaje, que no descarta el relampagueo de las imágenes y un adecuado manejo del ritmo. ~

 

Poemas de Edmundo Retana

 

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1

 

A veces, de estar solo,

sumo los más pequeños detalles

 

la vuelta de una araña,

una hoja de árbol que

al paso

me delata,

 

el combate que urden

las cosas en silencio.

 

2

 

Yo no nací, no tuve ni un lugar para vivir, estancia, imagen. Yo deliré, es cierto, cuando advertí, cuando soñé, cuando subí. No tuve apenas nada, casi lo poquito como para ir pasando, la parte en sombras del mapa. No, no la región montañosa, no en la cúspide, sino en la otra orilla, en la orilla, averiguando, buscando mi lugar entre tanto. Amparado a mi cobijita de lana, chupando dedo, sucumbiendo.

 

3

 

Duele el aire

la mañana

la calma duele.

Estoy pequeño

y último,

acongojado

por dedos

que me señalan.

 

4

 

En el pocillo de café no queda

la soledad

tampoco el mar.

Ruido de conversaciones

papeles vienen

sin abreviar la muerte:

no hay duda

en este lugar

alguien

con mi nombre y mis zapatos

sobrevive.

 

5

 

Que

nadie me alcance,

ni siquiera un paso

más allá

de los espejos.

 

15

 

Sólo es mi cuerpo.

¡Como cabe en él tanta distancia!

Se mueve en la sombra,

abarcar quisiera en un solo movimiento

la poca luz que adivina.

Del pecho lo atan

otras hambres:

la tentación, el miedo

a ser un animal herido.

Prevalece en el centro mismo de los hechos.

Ah, este cuerpo que me lleva

a dos manos,

corazón abierto

por la vida.

Soñando yo en él

no ser el solitario…

¡Sino un hombre

que ha caído

y se levanta!

 

22

 

En el suelo

con una crayola azul

trazás tu corazón,

salto a él y te sorprendo

soñando mariposas.

No te vayás entonces.

Sos el soldadito de plomo,

el amigo que vuelve

trepado en una araña.

De este modo

suelen darse los encuentros.

 

25

Si existo,

si dependo del fuego,

si vago de una lámpara de aceite

a la esperanza,

si solo los ríos desembocan en mí

y navego

viajo

perezco.

¿Por qué entonces

mi rincón sepultado?

¿Para que el azúcar

si no se despeña por mi sangre?

¿Para que el arroz si no crece

con mis hijos?

¿Y el fondo de mi pena

quién lo lava?

 

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