La libertad infinita

Metaforología Gaceta Literaria tiene el privilegio de presentar una muestra de poesía de Edel Morales que abarca más de 20 años de su actividad literaria desde Cuba hacia el Mundo. Todos los poemas que aquí se transcriben  pueden ser encontrados en la selección personal La libertad infinita, Letras Cubanas, La Habana, 2016.

Alberto Edel Morales Fuentes

 

 

De Viendo los autos pasar hacia Occidente, 1993.

 

La libertad infinita

Bajo el duro afiche que da sentido a esta hora
contemplo el rostro de los bailadores.

Manos distintas se mueven en el aire.
Se mueve una voz, muchachas pegadas al sudor
y las guitarras que una estrella acerca por su luz.

Fascinados en esa alucinación giramos libremente;
sin miedo y sin otra voluntad que estar vivos,
así giramos, todos bellos en el crepúsculo de la ciudad.

Pasa el amor y lleva el ritmo en los labios.
Pasa el amigo con un toque de rock sobre botellas.
Pasa el mar, azul y gris clarísimo.

Blancas monedas que la libertad desnuda.
Contemplo el rostro de los bailadores
y el efímero resplandor de las cosas más puras.

¡Qué difícil para mi ojo humano
mirar de frente esa única luz!

Pero siguen dentro refulgiendo sus destellos.

 

Desde el año de la noria

Contaba una vez un rey
que ganó su trono en la sangre.
A. F.

Yo, y el que ustedes imaginan fiero,
nos hemos visto antes.

Alguna luz murió sin ser por el cansancio.
Algún ciruelo perdió raíces desde entonces.
Pero no hay día más terco que los años
de la adolescencia firme.

Yo, y el que ustedes imaginan,
preguntamos juntos.

Era el año de la noria con barcos en la costa.
Todos gritando abajo.
Todos gritando arriba.
Todos listos a caer y hacernos piedra,
mientras eso fuese una manera de elevar la confianza.

¡Qué terrible el tiempo para trastocarnos tanto!
¡Qué fulgor de espejos para confundirse uno!

Porque ocurre como en las viejas historias.

Yo, y el que ustedes imaginan,
estamos mirando hacia un cielo distinto.
Y así jamás la estrella brillará para los dos.
Así jamás el grito será igual en los parques públicos.

Somos únicamente peces regados por la crecida.

El otro, y este que ustedes imaginan fiero,
al acecho del momento de saltar.

¡Oh, voz, no calles,
antes de cruzar los miedos!

 

Faroleros del alba

Están llegando los faroleros del alba.
Más allá de la curva del camino, sus palabras
bautizadas con cerveza anteceden al polvo
y a la oscilación de los cuerpos enlazados en el canto.
Traen abiertas las camisas de mezclilla barata;
un vaso, caliente y único, gotea para todos:

Escapar por los pueblos vecinos.
Escapar hacia el corazón de las muchachas.
Escapar en el sudor de los caballos.
Y en la floración de esos parques eternos
seremos cada noche bendecidos,
como es bendecida la lluvia en las fiestas de mayo.
Escapar por los pueblos vecinos.
Escapar hacia el corazón de las muchachas.
Escapar en el sudor de los caballos.

Hasta mí puesto móvil de vigía entre los árboles,
llega el canto fuerte de los faroleros del alba;
suben con sus trovas al molino y siguen hacia el cielo,
y en el eco de sus voces se dibuja la nube del Sur.

Por el camino secreto que comienza a humedecerse,
los faroleros cantan hasta el vuelo de los pájaros.

 

Toda la cabeza

Un pájaro se mueve en las maderas del techo.

Está apedreado y ya no podrá salvar el ruido de sus alas.
Pero se acerca a las vigas más duras.

Su traslación es mínima, inapresable, capaz de enloquecernos.
Y en la gravedad de sus plumas se nos pierde el fuego del arquero.

Sufro en agonía este dolor de entonces:

el pájaro

que cae,

se mueve,

alcanza las vigas más duras.

El mínimo, inapresable, infinito dolor de las patas de un pájaro,
haciendo caer hacia nosotros el polvo de su eternidad.

 

Solo ardiendo

Nadie sabe si al fin te alcanzaremos:
cazadores demasiado torpes para tu huella
y para esa luz que oculta permanece en el fuego.

Solo ardiendo lograrás un verso que me rinda,
dice tu voz perdida en la hojarasca.

Y nadie sabe si al fin te alcanzaremos, cegadora.
En la densa claridad de los trópicos
lo único cierto es que te seguimos, con fiebre.

 

 

Calle G. 1982

Una noche partíamos almendras en la calle G.
Eran más de las 12 y tú y aquella saya de flores blancas
parecían la eternidad.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Todo resultaba tan sencillo.
El viejo mar bendito frente a la estatua de Calixto García.
Tu rostro avanzando en la semiclaridad de los pinos.
El golpe con que mi mano buscaba en la roja intimidad de la almendra.
Todo resultaba tan sencillo
como la vida del agua que se escurre entre los dedos.
No debía venir nadie.
No esperábamos a nadie.
Yo me detuve un momento a contemplar la luz
y el paso de los autos por La Habana de 1982.
Tú y aquella saya de flores blancas
parecían la eternidad.

 

Tercera mirada a la (p)sicología del poema

Escojo palabras en la claridad del día.
Sé que es inútil —el resplandor,
los claroscuros, la más profunda sombra.

Quise un cuerpo limpio y fuerte.
Quise caminar por el país.
Quise decir lo que sabía y lo que soñaba.

Escojo pedazos de agua en la claridad del día.
Sé que es inútil —mi inocencia, mi rabia,
mi tristeza de niño frente al acero de las armas.

Ustedes no conocerán la historia.

Yo quisiera estar (sentado) en el suelo de una casa con varias maravillas al alcance de la mano: una bebida fresca y excitante, una música que ayude a caminar por el país, el brazo izquierdo y suave de una muchacha largamente conocida, y las voces de mis (nueve) amigos más queridos y leales. Yo quisiera que algún narrador contara por mí las dos historias.

Salí a la calle, tuve un sitio, elegí mi voz.
Sé que es inútil —la rabia, la tristeza,
la inocencia de un niño frente al peso de la Historia.

Pero estoy sentado en el suelo mientras el tiempo transcurre. Veo pasar imágenes (superpuestas) del resplandor, los claroscuros, la más profunda sombra. escojo palabras, pedazos de agua en la claridad del día, y escribo mi esperanza de que algún narrador pueda contar la historia. Y gozo decir: Buenas noches, y no olviden.

 

Toda una noche con la mano en el agua

Bailar de noche con las manos en la arena.
Nadar pegado a los entrantes.
Y mis dedos no tendrán paz hasta encontrar el fondo,
donde como en un cielo habitan gaviotas
—la iridiscente luz de los huesos de los ahogados
golpeando en mis ojos para no caerme.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar.

Una braza tiene longitud, la otra recurva
hacia la costa de piedras para ganar los cocos.
Un lugar de encuentros cercanos es La Boca,
con su tradición de veleros que bajan al río
y una muchacha pegada al gobernable.

Qué duras piernas las mías para no ceder al abrazo de las algas.

Si los peces me llevaran a la próxima frontera
y una vez allí saltase yo hacia el mito de otros mundos
—como Armstrong o Colón pero sin fotos ni reproducciones.

Qué marea en las pupilas, qué cuento de nunca acabar,
qué duras piernas las mías para no ceder al abrazo de las algas.

Nadar toda una noche con la mano pegada a los entrantes
y los párpados cansados, subiendo
la fosforescente caja de los que quisieron bailar.

 

Test de la protesta

Para inventar luego una historia miro en silencio las palmeras.

Noche transparente y dura, me veo en un sueño desconocido, hijo de los clavos que cierran (todas) las protestas.

Alzo mi copa en la noche estrellada y brindo por ese rostro en el cielo. Brindo con música de Vangelis y el último poema de la eternidad. Brindo como un hombre (solo) en su infierno.

No hay otra manera de protestar, otra manera tan pueril de hacer las mismas frases pero otras; y el silencio será siempre el mismo, la misma ingravidez en la conciencia (indolente) del mundo.

Por el templo de la calle Cristo dejo evidencia en una pared marcada. Me acerco a la mujer que flota entre esa eternidad y el calor de mis manos, y dejo evidencia fresca en la tersura (ofrecida) de su cuerpo elástico, en la noche estrellada del Sur, en la antesala de los cielos perdidos.

Luego, para inventar una historia, miro en silencio las palmeras.

 

Viendo los autos pasar hacia Occidente

En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
las calles, habitualmente bulliciosas y dulces,
se quedan vacías en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Los estudiantes se han marchado a descubrir el mundo
y una paz, una extraña y larga ausencia,
llega hasta las paredes y penetra al interior de los edificios.
Los clubes, las casas de cultura, los campos deportivos,
semejan un set, cuidadosamente preparado,
que espera el regreso de los actores para continuar la filmación.
En las pequeñas ciudades del centro de Cuba
todo es ausencia y espera en los meses de invierno.
Yo he vivido esa pesada quietud.
Noches de febrero en la esquina vacía de Libertad y Paseo,
viendo los autos pasar hacia Occidente.
Como quien ve a una muchacha de piel muy limpia y cabellos negros
pasar gustosa hacia otro hombre.

 

Un poco de amor en la mano izquierda

Estoy sentado en la misma piedra que mi mano quiso.
No pregunto ni blasfemo ni escojo nada.
Sonrío como un héroe de novelas triste y solo.
Fumo para quemar las semillas más terribles del miedo.
Y miro en silencio a través de la ventana.
En los círculos que las luces dejan sobre los parques abiertos
alcanzo a ver un rostro que sostiene el fuego.
Cerca los perros muerden este diciembre blanco y mudo.
Nada recuerda en la noche el tiempo feliz.
Por esa helada quietud se han marchado los amigos,
luego también las escasas muchachas.
No pregunto ni blasfemo ni escojo nada.
Sonrío con la bondad y dureza que he visto sonreír a mis héroes
y espero en silencio la próxima lectura.
Afuera pasan los días de Navidad.
Entrañablemente azul tras la muda hojarasca de diciembre
el fuego de los creadores sostiene mi cielo.

 

 

De Escrituras visibles, 1999.

 

Escrituras visibles

La hermosa memoria de un día en el mar.
Figuras que sumerges
hacia un brazo de agua más tranquilo y limpio,
más intenso
que la imagen o la palabra fuego,
tantas veces igualada por ti a la idea de la libertad.
Es todo lo que puedes hacer.
Mira el dolor tatuado en la ceniza,
los escombros
de otras intensidades muertas por la congelación o el límite.
Demasiado esperabas de la vida.
Todo lo que puedes hacer es un lenguaje
iluminado por esencias
y por la belleza que ves en el conocimiento de las cosas.
No mentir otros miedos.
No fingir que tu silencio olvide
la significación y el peso de alguna antigua tradición.
Lo sabes, finalmente, demasiado esperabas de la vida
y esto es todo lo que puedes hacer:
escrituras visibles, de una inocencia desnuda y hechizante.
Más perdurables e intensas que la palabra fuego,
o tu idea, o cualquier imagen
que antes igualabas a la libertad.
De Lejos de la corriente, 2004.

 

Bajo una luz muy blanca

En las sucesivas noches de diciembre
la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
iluminada por una luz muy blanca.
Yo escribo el renunciamiento de los hombres
y me ofrezco jugo de toronjas;
luego fumo y contemplo allá arriba
las intermitencias del satélite, su destello
en el primer minuto del nuevo día.
Ajena a la rareza de ese instante,
la mujer de mi eternidad
duerme en la penumbra de otra habitación.
Yo beso sus manos cada hora
y fumo y ofrezco a mis fieras preguntas
un vaso helado de jugo de toronjas;
luego espero hasta el amanecer
otro destello del satélite,
otro movimiento de luz en los golpes de baile.
Sucesivas noches de diciembre
en que la música baja desde los pisos superiores
hasta mi habitación,
y festeja Navidad y festeja Año Nuevo,
mientras escribo el renunciamiento de los hombres
bajo una luz muy blanca.

 

Antes del Big Crunch

El universo expande la (in)finitud de sus cuerdas.
(No) hay bordes. Es de noche alrededor.
Y de estos versos —escritos para precisar un instante—
nada quedará, finalmente. Lo sé, intentan
una imagen imposible del suceso.
Perdura en ellos la magia antigua del cazador,
su fiebre por encontrar la huella en la espesura,
su destino entre el bien y el mal.
Los acontecimientos se revelan demasiado visibles,
demasiado vergonzantes para una escritura sumergida
en el smog y en la frialdad de la época contemporánea.
Lo sé, conozco las escuelas y sus dogmas.
Nada quedará de su impulso cegador. Nada
de la intensidad y la fiebre de esa singularidad desnuda.
Es de noche. El universo se expande. (No) hay bordes.
Pero sí (in)finitud en las cuerdas
y en la antigua magia del cazador para cumplir un sueño.
En esa fría indeterminación hago lecturas.
En ese caos preciso un instante —La Habana, año noventa
y sucesivos—y traduzco para un amigo estos versos:
hechos con una rara claridad que los condena
y los aleja de cualquier estética al uso.
Serán barridos hacia otro horizonte, lejos de la corriente.

Lo sé. Como sé que ninguna sustancia
escapa a la intensa gravedad de los agujeros negros.
Ni siquiera la luz.

 

 

Ayer, mientras leía a Borges

Ayer, mientras leía a Borges,
pensé de un modo diferente la tristeza.

El polvo al pie de las murallas
era el polvo apagado en una tarde de verano,
pero en la página viva
fue el pulso intemporal de una escritura
—suspendida desde antaño
entre el musgo y las losas de mármol—
y fue también la huella manifiesta de un origen
—perdida bajo el agua
en la memoria de cien generaciones.

Nada de lo que llamamos real
hizo que pensara la tristeza de un modo diferente
—la vida es ahora virtual y distante
y débil es el pensamiento de la época, youknow.

Al pie de las murallas gocé tu desoladora belleza
y la belleza del mar recomenzando,
pero no deseaba en verdad un modo diferente
—la vida es ahora una copia
y tu cuerpo repetición de otros cuerpos
pasados y por venir.

Los magníficos dramas hicieron a los griegos eternos
y a Shakespeare un hombre obligado y libre
—descansan, sin embargo, muy lejos de lo real:
en la tensa plenitud de su tiempo,
o en los espacios congelados de las videocintas,
el mito digital y la imagen.

Nada en el mundo físico anunció el sentido
de aquella revelación; pero ayer, mientras leía a Borges
—lejos del mar y las murallas y tu rostro y el polvo—
pensé de un modo diferente esa humana tristeza
y la serenidad y el oro de una página.

 

 

De Otro color, otras figuras geométricas, 2008.

 

En la línea verde

Leyendo a Baudrillard en la línea verde del Metro
entendí por un instante, en toda su ironía,
aquello de que el objeto y el sujeto son lo mismo.

Es la verdad de este mundo:
el asesino y la víctima,
el origen que se dilata y estalla,
el destino que se contrae y estalla.

Una dualidad de mirada y reflejo
que el devenir resuelve
en la incertidumbre de la huella en la Nada.

Acogidos por la transparencia
los pueblos del espejo entraban y salían a sus anchas
en el espacio-tiempo de los vagones silenciosos,
con toda su alteridad a cuestas:

eran ellos mismos y distintos,
una misma persona,
en último término, en última instancia:
la certeza imposible de lo Uno.

O quizás no llegué a entenderlo del todo
y fue solo una ilusión,
apenas un instante, lo he dicho:
la pasión de la ilusión que se muestra y huye,
sacudiendo el vértigo
de un cuerpo arropado en duermevela;

o el paso de una partícula inestable,
yendo y viniendo en los dispositivos de la línea verde
con la lucidez de una mente enfocada,
perseguida hasta la desaparición
por el ojo inflexible de las cámaras de vigilancia

bajo el centelleo eficaz de otras imágenes hiperreales,
ya carentes de inocencia.

 

Cansa vivir cada día

Solo.
Cansa vivir.

Hacer la música del mundo.
Cansa.
Ofrecer la doble mejilla.
Cansa.
Administrar frustraciones de otros.
Cansa.

Alterar.
Posponer.
Reducir el sentido.
Cansa.

Cansa vivir cada día.
Solo.
Con los demás.
Solo.
Por los demás.
Solo.
Para los demás.

Cansa vivir tu precioso tiempo
cada día menos.

Y al final nadie lo aprecia en su real significado,
como mi padre supo decirme
poco antes de morir.

 

Una forma de mirar en la ventana

Una forma de mirar en la ventana
el devenir de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de escuchar en el silencio
la vibración de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de tocar en lo impalpable
el espesor de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de olfatear en lo visible
la emanación de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Una forma de probar en lo inconcluso
el sabor de esa sustancia persistente,
en continua fuga hacia la Nada.
Un matiz, un retoque, un aroma,
una huella, un estilo, una duración,
una forma de mirar en la ventana.

 

 

De En la baja gravedad, 2013.

 

Lejos, en la baja gravedad

Lejos, en la baja gravedad, dejé flotar las cosas una noche.
Estábamos muy juntos, creo, porque el aire era frío.
Mirábamos el resplandor rojizo de un astro en el cielo y, a veces,
un poco de la aridez o la estulticia que corroen esta tierra.
El humo en los fragmentos de luz también flotaba.
En el canal de la bahía pitó dos veces un barco holandés.
Mi lengua repitió esta palabra: Litiusg, litiusg.
Todo lo imposible tuvimos esa noche desde una ventana abierta.
Estábamos muy juntos, lo recuerdo siempre.
Lejos, en la baja gravedad, las sirenas de tu pie danzaban.

 

 

Alberto Edel Morales Fuentes [Cabaiguán, Cuba, 1961] Escritor, editor y gestor cultural. Ha publicado los libros de poesía Viendo los autos pasar hacia Occidente; Escrituras visibles; Lejos de la corriente; Otro color, otras figuras geométricas; El juego de la memoria; Con cierta elegancia; Pájaros en la pantalla; En la baja gravedad; La libertad infinita, y las antologías Cuerpo sobre cuerpo sobre cuerpo (coautora Aymara Aymerich) y La Estrella de Cuba. Inventario de una expedición. Como narrador ha dado a conocer el testimonio Los pies en la tierra y la novela Un byte de adolescencia (Que te vuelva a encontrar. Primera temporada).

Poemas suyos han sido traducidos al esloveno, al francés, al inglés, al italiano, al portugués y al sueco. Sus artículos, entrevistas y textos de ficción aparecen en antologías, publicaciones periódicas y sitios digitales de la isla y de otros países. Ha impartido conferencias y realizado lecturas en instituciones culturales o académicas de América y Europa. Fundador de la revista de literatura y libros La Letra del Escriba y del Centro Cultural Dulce María Loynaz. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Le fue conferida la Distinción Por la Cultura Nacional. Reside en La Habana.

Para conocer más al autor y su obra síguelo aquí:
http://moralesedel.blogspot.com
https://www.facebook.com/moralesedel

 

 

 

Siempre he dicho que cada Encuentro, cada Festival, cada Feria me regala nuevos hermanos, estos parientes alados e indisolubles en la estirpe del poema. Hace unos meses en Quito durante la Feria del Libro 2016 conocí a Edel Morales, tuve el privilegio de leer junto a él y escucharlo muy de cerca como me gusta escuchar a la poesía, porque creo que desde las proximidades, ya sea en aliento o en tinta, es posible dejarse poseer totalmente por ella. Así supe que Edel, en ese momento, se convertiría en uno de mis poetas más queridos, con toda su valija de versos que se elevan desde la isla diminuta hasta conquistar la isla más grande, la del orbe del oyente.

He leído estos poemas infinitos de un hablante que dice “Yo, y el que ustedes imaginan fiero, / nos hemos visto antes…” y con estas líneas me atrevo a decir que se explica el cuerpo de la poesía de Edel, esas dos voces que lo habitan y se escapan para habitar la hoja, para habitarnos; dialectos duales que han asimilado la vida propia y la del otro, y han extraído del mundo el jugo áspero o sedoso que ha de inyectarse en la cantata.

Confieso que nunca he podido separar al poeta de su texto, –mea culpa– pero tampoco lo he deseado, ya que de alguna manera misteriosa pero irrefutable somos lo que escribimos y en el texto nos desbocamos aunque intentemos no hacerlo. “¡Oh, voz, no calles, / antes de cruzar los miedos!”, exclama el poeta desde sus desdoblamientos, y sin embargo pese al oficio del grito reconoce la escurridiza cualidad de la palabra porque “nadie sabe si al fin te alcanzaremos, cegadora. / En la densa claridad de los trópicos / lo único cierto es que te seguimos, con fiebre…”, y en este delirio de confabular ventanas en la madrugada entendemos que siendo cazadores de asombros también somos cazados por los mismos.

Cuando uno lee a Edel y aprecia su maestría para decir lo que se ha propuesto, parece que escribir es “como la vida del agua que se escurre entre los dedos”, pero no lo es, no es labor elemental; porque engendrar los versos, pensarlos, arrancarlos del cerebro o del corazón, vomitarlos en despojos o emanarlos en aromas, es función continúa y ardua, que rompe, corta, punza; y sin embargo Morales nos entrega sus poemas terminados, enteros de tal forma que parece ha sido confortable hacerlo, y el resultado es una escritura que manteniendo sus filos y sus laberintos no pierde la franqueza y la significación que necesita llevar a cuestas la buena hechura verbal.

Estamos ante la obra de alguien que sabe mirar con ese entendimiento de que la libertad más grande tal vez sea solo la que nos ofrece la palabra, ya que desde ella se manifiesta la invención pero también la verdad que debe comprenderse y revelarse. Va entonces el vate con sus sabias sentencias, con sus dulces flores, él mismo suave, con todos sus panales y el otro que parece fiero, con todas sus hieles; construido por y construyendo con las voces que elige desde la calle o desde su escritorio. Y nosotros desde acá, por el otro lado del agua te seguimos poeta, hermano nuevo de Cuba, te andamos la voz, te admiramos.

~ Ana Cecilia Blum (Editora Metaforología Gaceta Literaria)

 

 

 

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