Días Frívolos

 

Metaforología tiene el gusto de presentar Días Frívolos, libro de cuentos de la escritora ecuatoriana Maritza Cino Alvear, publicado por Cadáver Exquisito, sello que dirige la editora María Paulina Briones. A continuación compartimos el privilegio de reproducir 10 de los 23 relatos que componen el libro.

 

 

 

 

CUENTOS DE MARITZA CINO ALVEAR

 

AGUJAS

 

Acudía con obediencia al diván. Escuchaba consignas, desde esa nueva mirada, que no la convencían del todo. Las sesiones le recordaban al análisis y a ese movimiento hacia la transferencia. Ahora estaba quieta, laxa, abandonada a un encuentro balsámico  en ese espacio angosto y punzante como los minuteros que  circundaban  la zona de su ficción. En ciertos momentos evocaba aquella frase: la palabra cura, y entre mixturas de anestesia y alcohol se repetía, las agujas también curan.

Al inicio le parecieron desenfadadamente hirientes como un aguijón que la penetraba con la puntería de un lanzador de flechas.  Luego de varias semanas empezó a sentir alivio  y  comenzó a desactivarse de esa  somnolencia de la que le era difícil despertar para continuar el día.

Habían transcurrido dos meses, ocho semanas que se traducían en  veintidós sesiones, casi doscientas horas y no sabía ya cuántos minutos más, todo lo que faltaba con sus respectivos segunderos de imanes concentrados en regenerar algún punto indómito que librara el dolor.

Una voz intermitente dialogaba con su intuición punzada y le  anunciaba a destiempo, como en otros tiempos,  que un nuevo sedante había engullido su cuerpo.

 

 

TIRANOSAURIO

 

Su cuerpo plumífero se sostenía como un mausoleo. Su mente devoraba cuánto podía y  su olfato se ponía a prueba ante cualquier hedor. Las clases de zoología no le habían dado pistas para encontrar algo que se le pareciera. Archi quería ser él mismo. Al fin de cuentas lo prehistórico había sido su obsesión.  No solo le gustaban las cavernas, ruinas y museos, también  había incursionado en  dinosaurios y tiranosaurios antes del Parque Jurásico, experiencia que disfrutó al máximo y le dio ideas para fosilizarlo. Ahora, su cráneo y  cola podían equilibrarse sobre un armazón que le era propio y natural.

En su hocico y en sus dientes Archi experimentó el primer instinto de su nuevo estado; husmeaba en su entorno y  su semblante de  ansia  se apetecía ante los visitantes del parque. Su primera víctima fue el conejo de su hermana y el gato siete vidas que lo había acompañado desde los cinco años. Ya no era suficiente una carne tan cercana, ahora demandaba de otro sabor carroñero que lo empoderará.

El parque le resultaba lejano, pero crujía observando el paseo de los niños con sus padres. La ternura era como una espiral profusa que revolvía sus vísceras ante el acecho y lo volvía ingenuo.

Archi retornó a su casa, olfateó a su madre y a su pequeño hermano.  Esparció sus plumas para anunciar que había vuelto.

 

 

NECESITABA OTRA HISTORIA

 

Rut perseguía noticias fantásticas, casos insólitos, episodios de Ripley.  Lo había hecho en la web, en crónicas y series de diarios y  televisión, hasta en las películas de cine independiente, pero su imaginación continuaba limitada e incorpórea.

Decidió regresar a las responsabilidades habituales; había descuidado durante algunos días el hogar y el trabajo,  eso le causaba un raro malestar que  le impedía concentrarse en tareas cotidianas y  mecánicas. Necesito una historia, se repetía, mientras regresaba displicente a su casa y el semáforo en rojo la detenía por segundos, la alertaba, en que aún después de haber leído lo suficiente, no apareciera algo medianamente alentador que le permitiera aunque fuese imitar, recrear un perfil que no sea panfletario.

A esas alturas estaba convencida que era una condena el estar vacía de ideas y  formas, de relatos que pudieran ostentar vida, pero también creía que su imaginación había tocado fondo  como un barco encallado luego de un maremoto.

Su vida, de alguna manera, había transcurrido entre papeles y sucesos; no era posible que no saltara alguna musa, unicornio o pegaso; no importaba qué, una  vía de ensambles sinestésicos, collage de metahistorias, y que Poe, Kafka o Atwood hicieran el milagro.

Ni la llegada hasta el mar, ni la excursión hasta la montaña habían dado resultado, tampoco el peregrinaje por otros continentes. Ni la presencia de otras vidas insepultas era capaz de una revelación que la librara de la esterilidad. Sí de la esterilidad de las sombras por las que había divagado en su adolescencia, echada en una hamaca, de cara a un tragaluz y a una máquina de escribir que ahora recuperaba.

El eco de las teclas y la velocidad de las manos en las clases de mecanografía estaban ante Rut, destinando las mayúsculas, las tildes y separando párrafos, bajo la mirada de la profesora  que exigía rapidez, mientras ella se detenía en la fonética de cada letra que construía una frase y luego una oración hasta llegar a  la expresión más completa. Las teclas, siempre las teclas, sellando la imagen de las palabras, llenando el vacío hasta inundar la página de signos inconexos que resultaban mágicos a la hora de traducirse y dejar esa creatividad insípida.  Ese  oficio de ida y vuelta sin ningún aviso ni posibilidad de otra historia.

 

 

AL OTRO LADO

 

Desde que te empecé a leer, sabía que estabas al otro lado.   Presentí que   tu distancia y mi suspicacia serían parte del encuentro. En algo nos parecíamos ya que habíamos recorrido los mismos ríos y el amor nos había sorprendido con muchos rostros.

Aunque tu tiempo y el mío resultaran  distantes, desde el inicio me compenetré con tu manera de contar, de poetizar y hablarme desde la soledad del zaguán. Tú,  acucioso y empeñado en que yo me aproxime a tu lenguaje  para disipar el rictus que me identifica o nos identifica, porque ambos, alguna vez, merodeamos por las entrañas viscosas del abismo y sabemos de ese idioma que es difícil de  confinar.

Te leo desde el otro lado y apareces como una vasija incontenible donde nuestros ojos se enfrentan sin reconocerse, sin tocarse ni legitimar una escritura a la que yo me acerco con mirada de  arqueóloga.

Desconoces que estoy detrás de ti,  de un indicio,  de una pista,  de lo que aún está cifrado sin que alguna voz vaticine tu existencia, sin que yo advierta en tu palabra, señales de victoria.

 

 

GARFIOS

 

No me gustan los garfios,  vinieron a mí por  azar. Empecé, de dos en dos, a amontonarlos en  la bodega de la casa. A veces creo que los adopté por su ensamble fonético y recordatorio  más que por  su utilidad; no me veía como estibadora ni siquiera sabía de qué estaban hechos,  por ahí no iba  el placer.

Siempre me parecieron objetos inútiles y hasta peligrosos,  tanto así que cuando quise saber sobre su origen,  primero fui a una ferretería naval  y al no conseguir una información convincente busqué en una enciclopedia y  di con pocas pistas que más se remontaban a la antigüedad y al uso que se les daban para aferrar las naves. Ahora que digo naves,  también asocio que los fui adquiriendo de a poco, en mis visitas al puerto,  cada vez que llegaban mis abuelos de sus viajes por el viejo mundo, en la época en que solo se podía ir por barco.

Yo iba no solo para despedirlos o recibirlos, sino también para agarrarme de algún fetiche que me sostuviera y entretuviera en la espera. Creo que al capitán del puerto  le daba pena verme tan confundida mirando al horizonte,  supongo que por eso me entregaba dos de estos y me decía que mis abuelos volverían y habría más.  No recuerdo exactamente cuándo concluyó este trueque, pero sé que esa fue la forma en que me inicié en garfios.

Hasta hace unos semanas hubiera seguido en la ignorancia de amontonar hierros viejos en la bodega junto a las pirañas, también  daba por hecho el haber dejado  mi etapa – garfios. Si no hubiera sido por estas vacaciones que me he tomado en  un retiro farallónico,  donde además de un museo de reliquias de los países que visitó el capitán, también hay garfios raros y atractivos de todas las formas y tamaños.

Me cautivó más que ninguno el pequeño garfio japonés,  curvado y filoso. Hubiera sido enigmático tenerlo como amuleto, pero el capitán no lo permitió porque dejaba incompleta su galería.  Por tanto, el único impulso que me asiste hasta la fecha es  notificar de este hallazgo en mi columna sobre coleccionistas para la revista del puerto, y mientras lo hago, mi memoria ha convulsionado y creo que este remezón se debe a esta exclusividad gárfica, ya  que  éstos deben existir  para demostrar su reservada función y para aferrarse, aunque no lo escojan sus amos.

Los  he visto en gente famosa y excéntrica que se los pone y saca del muñón perdido, pero a mí aún me resultan incisivos y sospechosos, trémulos y hasta asesinos; no sé si por parecido o por sonido los confundo con dardos, esos que exigen puntería.

A propósito, hace poco me decía el jefe de la revista, que yo hablaba con dardos, y esto me sonó tan atractivo, que compré un tablero de cincuenta pulgadas y lo ubiqué frente a mi cama. En las noches, cuando llegaba del trabajo, abría mi cajuela instrumental y pasaba las horas lanzando dardos,  pero en ese campo motriz  mi probada puntería fallaba.

Retornando a los garfios,  que no son los mismos de la galería ni los del antiguo puerto, los asocio a una imagen perdida de cultos oceánicos, pero con su habitual e inquietante esplendor.  Por eso estoy segura de que esta aproximación me va  a ayudar con mi crónica del diario, así como  también para nuevos asuntos en los que logre expandir de vez en cuando un dardo,  que me enganche de una vez por todas al muñón,  antes de reciclarlos.

 

 

 

 

MITÓMANA

 

Era mitómana y escribía poemas. Mi tiempo  transcurría entre estados de angustia crepuscular, lo que ciertos especialistas llaman locura pasajera, y el hobby de editar epístolas por encargo, a las que añadía alguna picardía con suspenso fantasmal.

En mis jornadas libres  no solo exhortaba a los dioses con los que había interactuado en mis clases de literatura clásica,  hace algunos siglos, y que me habían salvado de ciertas  ruinas circulares,  por parafrasear un título  borgeano, sino que también incorporaba en mi recorrido a uno que otro antihéroe. Les echaba mano y esta afición por los comics me llevó a sumarme al club de fans.

Los fines de semana me desempeñaba como oradora con tono de náufraga,  me encargaba de difundir testimonios en la periferia, como queriendo recuperar los restos de un galeón hundido.

La mitomanía siempre fue lo mío,   más aún cuando leí El manual de un mitómano.  Esta proximidad cuasi-científica,  me convenció  de que  lo  que se conoce  como pseudología fantástica me vino  en los genes,  como una sutura insomne, sobre todo, cuando  pronuncio  alguna frase  atrapada en  la lógica de estos tiempos.

Reparo en este tópico cuando practico la cátedra, en la que me ejercito únicamente en los meses de verano, para no morirme de hambre, literalmente hablando, y redimirme del espanto, como lo anoté en un antiguo verso cuando aún era mitómana,   aunque  lo de la cátedra como lo he manifestado desde el pódium es  un aprendizaje transversal con secretas satisfacciones.

Otro detalle que advertí de aquella costumbre mitómana es la   confusión que acarrea.  Por ejemplo, en alguna ocasión,  yo conversaba frente a un grupo de amigos sobre  lo que son las certezas y les explicaba que,  el mar como mar y su extensión,  siempre va a estar ahí, tendido, rendido ante la mirada de quien contempla  y quiere recoger de él su imagen e infinitud.  Sin embargo, añadí,  que  en algún momento ese mar también podía ser  fugaz, y que su voracidad mutaría según sus vaivenes y estado de ánimo.

Este divagar que yo creía poético-filosófico, trajo consigo un revuelo de murmuraciones que no quiero recordar, porque otra vez me alcanza  la angustia flotante, esos miedos distendidos de los  que se ignora su lapso de caducidad.

En estos días, cuando todo lo que digo lo determinan  como ambigüedad crónica,  me he vuelto más cautelosa y silente.  Hablo lo necesario, observo sesgadamente el amanecer  y   pruebo con flores de Bach para disipar los paroxismos.

Desde este nuevo punto,  a distancia de esa suerte de goces y placebos, algunas tardes me sorprenden  señales de asteroides. Con canguil en mano altero finales de novelas y  lanzo un antihéroe hasta  mi jardín de geranios.

 

 

MAR SEPIA

 

Cuando la encuentro por casualidad, reparo en esa conjunción de emociones y vértigos que ahora se diluye  sobre una naturaleza muerta.

Advierto los primeros signos del paso del tiempo en su expresividad inagotable y vital. Me  miro en ella y asumo lo que me toca. El espejo nos ubica. La observo y recorro su perfil, su eternidad.

Sobre un mar sepia, una llovizna se anuncia. Leo La invención del amor, enciendo un cigarrillo y celebro que ya no esté.

 

 

VOYEUR

 

Mi madre tenía la manía de poner velas a los santos. Yo la miraba en su movimiento escénico y acompañaba su extrañamiento. Me sentía voyeur de su santuario, de sus arcángeles mayores y menores, de su vida entregada al oficio de lidiar con estatuas y extraviarse en los ritos de la fe.

Un día me entregó un Lázaro; yo me miré en él y agradecí su deferencia a mi complicidad de poeta. Lo sostuve turbada. Ella me dijo: “Levántate y ándate”.

 

 

SIETE LENGUAS

 

Era jueves y yo permanecía en la estación. Subsistía, custodiada por gigantes y enanos que empezaban a desvanecerse ante la llegada de la noche.

Yo seguía, al igual que el lunes, martes, miércoles y todos los días del calendario, donde entes de pies gigantes y enanos se movían sonrientes en un territorio donde aprendí a deletrear  lenguas apócrifas.

El  primer día tropecé el silencio; el segundo bordeé el abismo; el tercero, falsifiqué  un fonema. Los siguientes, empezaron a desmoronarse sobre hojas lívidas y anárquicas en un ciclón de fuego.

Era jueves y yo permanecía en la estación.  Contenida,  extasiada con gigantes y enanos, esperando una  llamada bíblica y pagana que me sorprendiera jugando a los marcianos con mi amuleto de siempre.

 

 

 

 

AL  SUR

I

Temía que las gafas me quitaran la fidelidad del paisaje; no quería que nada disminuyera su exactitud. Necesitaba estar de cara al sol mediterráneo; me senté pegada a la ventana del tren que me llevaría hasta el sur calabrés donde la vegetación y el mar me devolverían una parte de la historia.

Suspendida en la velocidad, creí reconocer el lugar.  Pensé podría ser el mismo de todas las zonas que he habitado; no supe si era una memoria genética o un episodio por siempre el que reaparecía ante mí, porque así como los mares se parecen, los caminos frondosos y las ensenadas podrían ser semejantes.

Pero sin duda era otro el escenario. Había cruzado el continente y los horarios se habían desordenado al igual que mi cansancio que variaba para descubrir el lugar escondido y  oculto entre la tierra y la sangre.

 

II

A mis abuelos les gustaba el sur, por eso nos mudamos a la casa grande cercana a la ría, donde habitamos por muchos años: abuelos, padres, tíos, primos y algún compadre o visitante de la misma especie que aterrizaba para animar la fiesta.

Fuimos felices en la medida en que podíamos celebrar cada domingo con vino tinto y polenta, y pasar de la tragedia a la comedia con ese dialecto exclusivo de los que han sobrevivido a las guerras.

En una de esas laboriosas jornadas de mi abuela, se le hinchó tanto el dedo anular que tuvieron que cortarle el anillo de matrimonio. La faena de preparación de la polenta había acabado con su símbolo nupcial y a partir de ese día finalizaron las grandes comilonas y el hambre de todos.

La dinastía empezó a desintegrarse. Mis tíos dejaron de visitarnos y buscaron el mar más cercano para construir domingos, mis primos se fueron detrás de caracolas y mis padres cortaron su espejismo al igual que el anillo de la abuela.

Mis abuelos se esparcieron como las cenizas en la soledad de la ría.  Mi tía menor y yo, las últimas sobrevivientes nos acercamos cada domingo a buscar el destino de la casa del sur  en el vago movimiento de aguas oscuras. A veces ruge un gato en el jardín vacío de violetas y rosales, y una jaula abierta guarda el plumaje de canarios.

 

III

Bajé del tren extasiada de montañas y mares. Una vegetación exuberante me acogía  hasta el fin de mi centro. La legendaria iglesia me esperaba con la imagen de San Giuseppe. Debía ofrendar la memoria y repetir los pasos de mi tribu. Una escuela pendía de esa pequeña comarca como un fotograma en blanco y negro. Me detuve en la plaza, recorrí sus calles estrechas y empedradas que giraban hasta llegar al inicio. Otra vez al inicio, viré a pocas cuadras y al fondo unos ancianos con overoles entre cartas y café,  y unos jóvenes que circulaban en moto, comían pizza, y vacacionaban su ocio, parecían acelerar el pulso de la ausencia.

 

IV

Mi cuerpo detenido con anécdotas que había escuchado desde niña, apenas pudo recogerse, comprimirse y esperar en la velocidad del tren. En ese estado hipnótico que me acompañó durante mi viaje me quedé enganchada en el sonido del mar y las laderas, reinventando rostros que sostuvieron mi infancia.

 

V

Desde la ventana del tren miro la ría de la casa del sur. Mis abuelos y mis padres ya no están, mis tíos han cruzado al otro lado. Mis primos fueron detrás de caracolas. Escucho los pasos que crujen la madera, las voces se confunden alrededor de la mesa. No ha variado mi punto de partida, todo sigue intacto junto al anillo de la abuela, huelo su polenta y su mirada de madama blanda me invade con una nostalgia esquiva que cae en  tierra plana y señala con su dedo anular al sur, para iniciar el  último capítulo.

 

 

Maritza Cino (Guayaquil, 1957) poeta y profesora ecuatoriana. Licenciada en Lengua Española y Literatura. Diplomada en Educación Superior.

Ha sido catedrática de las universidades Estatal, Católica y Politécnica del Guayas. Actualmente es docente en la Universidad de las Artes y coordina el taller de Escritura Creativa del Teatro Centro de Arte de Guayaquil.

Es Premio Nacional de Poesía “Medardo Ángel Silva”, 1983. Ha publicado Algo parecido al juego, 1983; A cinco minutos de la bruma, 1987; Invenciones del retorno, 1992; Entre el juego y la bruma (antología), 1997; Infiel a la sombra, 2000; Cuerpos guardados, 2009; y Poesía reunida, 2013.

 

 

SOBRE ESTOS DÍAS NO TAN FRÍVOLOS

 

He leído Días frívolos, el primer libro de cuentos de la poeta Maritza Cino Alvear, y he podido entrar en sus ficciones, como se entra a una casa que es ajena y sin embargo resulta un techo reconocible; un lugar con una especie de tiempo en otro, foráneo y también familiar.  Sus cuentos nacen de resonancias cotidianas que van escalando hacia lo fantástico, lo extraño, lo insólito; y poseen el poder de la buena literatura para no soltarnos del brazo, para mordernos la mano. Son páginas en donde habitan personajes trabajados como producto de la imaginación, no obstante casi tangibles que parecen haber sido arrancados de las caprichosas viñetas de la memoria.

Este conjunto de relatos van definidos por las formas de un juego, que con una suave perversidad, insiste en distraer al lector mediante la aplicación de una narrativa que aparenta frivolidad pero que resulta en el ingenio de edificar todo lo opuesto: una morada construida con palabras para revelar la gravedad de ese territorio que existe bajo las capas de lo mundano. Es bajo estas capas donde el narrador, ladino y capaz, enfrenta al receptor con un universo de existencias fragmentadas; personajes, espacios y tiempos que se desmoronan, se quiebran, se olvidan, se evaporan. Porque el libro en sí es una gran metáfora de las hendiduras de la vida y quiere a toda costa confundir desde el rol de los lugares frívolos, desde este posicionamiento manufactura artefactos literarios entre escenarios de soles, mares, playas y brizas para despistar del propósito último y soberano, el cual es instigar en la exploración de los más recónditos y dolientes sentires: soledad, abandono, distancia, desamor, ansiedad, desencanto; aflicciones que invaden hasta los lugares más frescos, más soleados.

Este no es un libro de cuentos de poeta, sino el producto literario de quien ha sabido trabajar el género y separar ambos oficios para fabricar una voz auténtica, otra, que aprendió a manejar aquellas extremidades particulares del lenguaje narrativo y representar sin adornos ni culteranismos innecesarios la complejidad de la existencia, misma que puede simular ligereza para esconder lo hondo, lo agudo, lo cortante.

Gracias Maritza por haberme regalado estos días no tan frívolos con sus historias bárbaras, con sus historias fabulosas; con sus estremecimientos de tan buena puntería; son una bella y excepcional colección de Garfios, Mitómanas, Tiranosaurios, Voyeurs y tantos Mares que se clavan en el vientre. ~ Ana C Blum (Editora de Metaforología Gaceta Literaria)

 

 

 

 

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